¡Ah, la "tolerancia cero"! Qué concepto tan hermoso, tan elástico, tan... convenientemente enfocado. Es fascinante ver cómo funciona la física política en la Moncloa: la corrupción es un sólido incorruptible cuando roza a los socios de gobierno, pero se vuelve un gas invisible e inoloro cuando emana de las propias siglas.
Analicemos este prodigio de la psicología política actual:
El "Filtro Progresista" de la Corrupción
El lema de "tolerancia cero" es absolutamente real, lo que pasa es que hemos entendido mal el manual de instrucciones. No es que no se tolere la corrupción; es que solo se tolera si viene envuelta en el celofán del progreso.
Si lo hace la oposición: Es una trama sistémica, un ataque a la democracia, una emergencia nacional que requiere cordones sanitarios y rasgado de vestiduras en el Congreso.
Si pasa en el PSOE, Sumar o la "banda": Al parecer, no es corrupción; son "casos aislados", "daños colaterales de la gestión", o mejor aún, fango mediático inventado por la derecha para desestabilizar al Gobierno de la gente.
El misterioso psicólogo de la Moncloa
Mencionas un punto clave: ¿quién mantiene al presidente en ese estado de nirvana y ceguera selectiva donde el PSOE siempre está inmaculado? Debe ser un terapeuta clínico excepcional, especializado en "Disociación Cognitiva de Supervivencia".
Imagino las sesiones en Moncloa:
— Presidente, repita conmigo: Si no lo miro, no existe. Si está en mi partido, es un complot. Si sale por las orejas, es cera, no fango.
Gracias a esta terapia de vanguardia, el Gobierno ha desarrollado un superpoder inédito: la capacidad de mirar un sumario judicial, con sus tramas, Koldos, cartas de recomendación y mascarillas, y ver únicamente un paisaje limpio y despejado. Es una liofilización moral admirable.
Un comité ético muy particular
Al final, la "tolerancia cero" se ha convertido en un bumerán que siempre esquiva al lanzador. Mientras el Gobierno insista en que sus filas están compuestas por querubines transparentes e intocables, el resto de los mortales seguiremos asistiendo al espectáculo de ver cómo se tapa la nariz la misma mano que señala con el dedo.
Eso sí, hay que reconocerles el mérito: mantener esa fachada de superioridad moral mientras los titulares gotean diariamente requiere un pulso de cirujano y una cara de cemento armado.
Ramón Palmeral
Alicante
