El
cuarto aniversario del inicio de la invasión rusa es una noticia
agridulce. El coste humano sigue siendo horripilante, aunque contra todo
pronóstico Ucrania resiste incluso cuando el precio es insufrible y
continúa ascendiendo: cientos de miles de muertos y heridos, millones
de refugiados, un trauma psicológico nacional, ciudades enteras
arrasadas y la infancia perdida para millones de niños. Las velas para
celebrar este aniversario no se colocan en un pastel alrededor del cual
se canta y se ríe, sino que están clavadas en las tumbas y en los
candelabros de las capillas ortodoxas donde se recuerda a los muertos.
El camino para sobrevivir a la invasión no ha sido fácil y continúa lleno de baches, cráteres y abismos.
Desde repeler los tanques del Kremlin que estuvieron a punto de
capturar la capital, en febrero de 2022, una acción de defensa que pocos
creían posible, hasta ver cómo Donald Trump, el líder de su máximo
aliado, Estados Unidos, les daba la espalda para estrechar la mano de su
enemigo, y luego humillaba a Volodimir Zelenski en la Casa Blanca, y
con él la lucha de un pueblo que se está dejando el alma.
¿Cuánto aguantará Kiev?
Cuatro
años de ofensivas sangrientas, combates en trincheras como salidas de
la batalla de Verdún, bombardeos indiscriminados y crímenes de guerra.
Cuatro años de una guerra que ha mezclado el espanto de los conflictos
mundiales pasados con la tecnología de los cohetes supersónicos y los
drones, que son el terror de ambos bandos. Sin embargo, ¿hasta cuándo podrá aguantar Kiev ante las presiones de Washington
para que firme un acuerdo viciado y vasallo de Moscú? Ese no es el
espíritu de un pueblo cuya flor nacional, el girasol, ha sabido
transformar su tallo y pétalos en corazas de hierro.
La presión no
cesará hasta que haya un nuevo presidente en la Casa Blanca, y para eso
faltan dos años. Es decir, dos nuevos aniversarios en los que celebrar
la resistencia, o, en caso de lo peor, llorar por la derrota. No
obstante, hay otro actor que, delimitado por su propia moral y el recuerdo de la devastación pasada,
todavía esconde la patita: Europa. Las sanciones y el suministro del
material de guerra son sus armas, pero estas ya no son suficientes. Por
eso, quizá ha llegado el momento de que los líderes europeos dejen de
agarrarse a la silla política y empiecen a nutrir las filas de Kiev con
sus tropas, como ya sucede en la Legión Extranjera ucraniana.
Hasta
ahora, Europa ha luchado detrás de las bambalinas, como este reportero
pudo comprobar in situ en los campos de batalla de diversos frentes
ucranianos. ¿Por qué no dejarse de remilgos y dejar que la OTAN se sume a
la defensa? ¿Sería el inicio de la tercera guerra mundial? No lo
fue cuando Rusia sumó tropas de diversos países africanos y Corea del
Norte. Si los parlamentarios europeos hubieran visto a los hombres que
volvían de la primera línea de Bajmut con la mirada alucinada, quizás
entenderían que Ucrania está sacrificando a su juventud y necesita algo
más que dinero, equipo militar y sanciones. Hay unidades enteras que
llevan años combatiendo casi sin parar.
Durante la inundación de
Jersón, en pleno asalto ruso, Yura, un veterano que tenía que vivir en
el altillo de su casa porque el agua pasaba del segundo piso, fue más
que claro: "Soy el último que queda de mi destacamento. A mí me han salvado las heridas que me impiden volver al Ejército, sino seguramente habría acabado muerto como mis compañeros".
Washington no es un aliado de fiar
Europa debe integrarse en la defensa del territorio de Kiev, sobre todo porque Washington ya no es un aliado de fiar.
Por ello, es justo preguntarse: ¿Por qué deberíamos mandar a nuestros
soldados? ¿Por la libertad y el derecho a decidir de un país? ¿Para
salvaguardar las fronteras? ¿Por los recursos y la lucrativa venta de
armas? ¿Para conservar y explotar sus recursos naturales? ¿Para detener
la expansión rusa en busca del eco de lo que fue la Unión Soviética? Las
respuestas a estas cuestiones, acertadas o no, dan para libros enteros.
Sin embargo, antes de todas estas preguntas, y muchas otras, hay una
verdad inamovible: en este conflicto sigue habiendo un agresor y un agredido.
Las
dos caras de la moneda no son iguales. Peor aún, cuando una
superpotencia de tintes totalitarios se expande a través de las armas,
los países vecinos tienen dos opciones: entregarle las llaves de casa o
resistir. Por eso se lucha en Ucrania, cuyo destino también se cierne sobre los países bálticos y del Este de Europa,
que Vladimir Putin codicia ya sea porque el megalómano quiere devolver a
Rusia su gloria perdida, o porque EE UU y la Unión Europea le dieron la
excusa perfecta para atacar a Kiev al expandirse hacia sus fronteras,
después de promover rebeliones como la Revolución de Maidán (2014), que
fue la llama que encendió el conflicto.
Recuerdo esos días de barricadas, fuego y hielo en la capital ucraniana. La derrota del régimen pro ruso de Viktor Yanukovich
llegó después de meses de lucha al estilo medieval, que terminó con un
tiroteo en la plaza de la Independencia que hizo caer al expresidente.
Recuerdo a los jóvenes luchando en la primera línea de barricadas, y
concretamente a uno que se llamaba Danylo, al que apodaban ‘el chico del
martillo’ porque había abatido a varios policías del Berkut con la
herramienta que sostenía con orgullo. "Lo siguiente será luchar con
Rusia y les venceremos", declaró entonces.
La ilusión de paz
En lo primero tuvo razón. La invasión de Crimea sucedió poco después y
con ella la guerra del Dombás, que luego llevó a la invasión de 2022.
En cuanto a lo segundo, la victoria está por ver. Ucrania necesita
hombres para seguir resistiendo. Hay quien cree que mandar a nuestras
tropas es un sacrificio intolerable. "Nunca pienses que la guerra, por
necesaria o justificada que sea, no es un crimen", escribió Ernest
Hemingway.
No obstante, si Bruselas sigue obligándose a
vivir en la ilusión de la paz permanente tras la caída del telón de
acero, el día menos pensado nos encontraremos gritando la pesadilla de
cualquier ciudadano de la vieja Roma: Hannibal ad portas (Hannibal está
en las puertas). Y entonces será demasiado tarde.