Soy partidario del “no a la guerra” porque España no puede ni debe dejarse arrastrar por una lógica de bloques, presiones o amenazas económicas de EE.UU., ya qu tenemos el escudo de la Unión Europea. En un momento en el que el escenario internacional se vuelve cada vez más volátil, nuestro país ha optado por alinearse con socios europeos como Francia y Reino Unido en la defensa del derecho internacional y en la búsqueda de soluciones diplomáticas. Esa es la vía responsable para una potencia media como España.
No podemos aceptar que el miedo a un posible boicot económico por parte de Donald Trump condicione nuestra política exterior. Ceder ante el chantaje del “matón del barrio” supondría renunciar a nuestra soberanía y a nuestros principios. La economía es importante, pero más lo es la coherencia democrática y el respeto al orden jurídico internacional. Si aceptamos que las amenazas comerciales dicten nuestras decisiones estratégicas, estaríamos debilitando nuestra posición como Estado y como miembro comprometido de la Unión Europea.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha recuperado el lema del “no a la guerra” en un contexto geopolítico especialmente delicado, marcado por la ofensiva de Estados Unidos en Oriente Medio en coordinación con Israel y las tensiones con Irán. Su mensaje ha sido claro: solidaridad con los países atacados ilegalmente y defensa firme del derecho internacional, la misma posición que España ha mantenido ante la invasión rusa de Ucrania y la guerra en Gaza.
Sánchez ha estructurado su discurso en tres negativas que buscan convertirse en una hoja de ruta política: no a la ruptura del orden jurídico internacional; no a la lógica de las bombas como único lenguaje; y no a repetir los errores del pasado. Al evocar el llamado “trío de las Azores” y la etapa de José María Aznar, el presidente ha querido marcar distancias con aquella decisión que implicó a España en la guerra de Irak, y sufrimos el terrorismo del 11-M de 2004. Aunque el contexto actual es distinto, la lección histórica sigue siendo válida: las intervenciones militares sin amplio respaldo internacional generan más inestabilidad que soluciones. España tiene cientos de misiones de Paz en el mundo por mandato de la ONU. Además no somos una potencia bélica.
Además, el Ejecutivo ha advertido del coste inmediato de una escalada bélica: mayor incertidumbre económica y previsibles subidas del precio del petróleo y del gas. España, especialmente sensible a los vaivenes energéticos, no puede permitirse un nuevo shock sin intentar antes todas las vías diplomáticas. Defender la paz no es solo una cuestión moral, sino también estratégica.
En definitiva, mantener el “no a la guerra” significa apostar por la diplomacia, el multilateralismo y la autonomía estratégica europea. España debe actuar con firmeza, pero también con prudencia, sin dejarse arrastrar por presiones externas ni por impulsos belicistas que solo traerían más división e inestabilidad. Es una estupidez ir a una guerra servil con tal de poder vender aceite de oliva, maquinaria medicamentos o vinos a EE.UU., habrá que buscar otros mercados.














