(En el futuro las invasiones de marchas humanas de Marruecos a Ceuta serán igual que ahora)
La crisis migratoria que fue un ataque
«Dado que Moncloa se instaló en el apaciguamiento, ahora cuesta escapar de ese cerco al que Moncloa se sometió a sí misma»
El presidente del Gobierno -Pedro Sánchez- ha reivindicado su actuación prudente para gestionar la crisis de Ceuta, y ha negado que sus decisiones estén condicionadas por una timorata actitud de apaciguamiento hacia Marruecos. Buenas son ambas fórmulas para encarar esta situación, si ambas fuesen ciertas. Pero Pedro Sánchez no ha conseguido evitar la sospecha de que no hay prudencia sino miedo, y que sí hay un intento de apaciguamiento hacia el vecino marroquí, derivado de ese miedo.
Que un país como Marruecos, con las actitudes habituales de sus gobernantes, tenga dos fronteras terrestres con España (Ceuta y Melilla), esté tan cerca de Canarias y a catorce kilómetros de la Península Ibérica es tan incómodo como inevitable, y hay que gestionarlo con la prudencia que recomienda Sánchez, pero sin la pretensión de apaciguamiento que se ha mostrado a lo largo de los años.
El país al que se intenta apaciguar pocas veces se apacigua, porque suele entender que el pretendido apaciguador es, en realidad, un contrincante débil y asustadizo, lo que permite atacarlo sin recibir una respuesta equivalente. Y ese es el problema de nuestro Gobierno en el caso de Ceuta.
El 31 de julio, cuando aún continuaba el asalto a la frontera, Pedro Sánchez calificó lo que ocurría como «un ataque, una violación a nuestra integridad territorial». Muchas guerras han empezado por ese motivo, y nadie quiere una guerra. Lo que sí se espera de un dirigente con determinación es una respuesta firme. Si Sánchez considera que el país cuyo Gobierno preside ha sufrido un ataque, su responsabilidad consiste en señalar al atacante y responder de forma adecuada ante una agresión muy grave. Dado que Moncloa se instaló en el apaciguamiento, ahora cuesta escapar de ese cerco al que Moncloa se sometió a sí misma, y hay miedo a aplicar a Marruecos la reacción proporcionada frente a un «ataque». Y como en la política española se trabaja solo para el próximo cuarto de hora (después, quién sabe), la solución temporal ha consistido en que el presidente no haya vuelto a utilizar la palabra «ataque». Ahora es una «crisis migratoria». Ya nos apañaremos.
