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Homenaje a Miguel Hernández en Alicante La mañana del 6 de junio de 2026 amaneció luminosa en Alicante. Una agradable temperatura envolvía la ciudad, invitando al paseo y al recogimiento. Bajo un cielo limpio y sereno, tres amigos hernandianos y miembros de Espejo de Alicante —Paco Burló, Joaquín Martín y Ramón Palmeral— emprendieron una senda muy especial que los conduciría hasta la sepultura del gran poeta del pueblo, Miguel Hernández, en el Cementerio Virgen del Remedio. Movidos por la admiración y el profundo respeto hacia la figura del universal poeta oriolano, los tres amigos acudieron al camposanto para rendirle homenaje. No era una visita cualquiera. Cada uno llevaba consigo versos propios nacidos de la emoción y de la memoria, escritos para dialogar con la voz eterna de quien convirtió el dolor, la esperanza y la dignidad del pueblo en poesía inmortal.
Al llegar ante la tumba, el silencio del lugar pareció transformarse en una presencia viva. Las palabras de Miguel Hernández seguían resonando entre los cipreses y las flores depositadas por tantos admiradores que, generación tras generación, continúan encontrando en su obra un refugio para la sensibilidad y la conciencia. Los tres amigos comenzaron entonces su sencillo pero emotivo acto. Entre lecturas de poemas propios, compartieron también la recitación de «Las abarcas desiertas», uno de los textos más conmovedores de Hernández, donde el poeta evoca las privaciones de la infancia y las injusticias sufridas por los más humildes
. Sus versos, pronunciados junto a la sepultura, adquirieron una intensidad especial, como si el tiempo se hubiera detenido por unos instantes. La mañana transcurrió entre recuerdos, emociones y reflexiones sobre la vigencia de la obra hernandiana. Aquel encuentro no fue solo un homenaje al poeta fallecido, sino también una celebración de la palabra, de la amistad y de los valores humanos que Miguel Hernández defendió a lo largo de su vida y dejó impresos para siempre en sus poemas. Cuando concluyeron el acto, Paco, Joaquín y Ramón abandonaron el cementerio con la satisfacción de haber cumplido una cita íntima con la memoria. Su particular senda hernandiana había quedado marcada por el respeto, la cultura y el afecto hacia uno de los escritores más queridos de la literatura española, cuya voz continúa floreciendo, como los almendros de su tierra, más allá del paso de los años.