El cambio climático exige un nuevo pacto nacional contra los incendios forestales
Cada verano repetimos el mismo ritual. Miramos el termómetro, consultamos el nivel de alerta por incendios, leemos las noticias sobre los primeros desalojos y cruzamos los dedos para que el viento no cambie de dirección. Lo hacemos con una mezcla de resignación y falsa confianza, como si los grandes incendios forestales fueran un fenómeno inevitable, una desgracia que simplemente aparece cuando toca. Sin embargo, la realidad vuelve a demostrarnos que el fuego no comienza cuando surge la primera llama. Empieza mucho antes.
La tragedia vivida en Los Gallardos, en Almería (julio 2026 con 13 muertos), donde un devastador incendio ha provocado víctimas mortales, ha conmocionado al conjunto del país. Cada pérdida humana nos recuerda que ya no hablamos únicamente de un problema medioambiental o económico. Hablamos de una cuestión de seguridad nacional y de protección civil. A veces las evacuaciones y los desalojos es llevar a las personas a una trampa mortal, puesto que a veces carreteras, carriles o caminos son imprevisibles focos de fuego o caída de árboles o ramas. Las casas de campos deberían disponer una zonas de seguridad como con zonas de huracanes y tornados. Evitar las ventanas de maderas, 100 metros alrededor sin arbolado. Los techos con vigas de madera. Los pinos son un polvorín pro sus resinas. En definitiva, una casa de campo de mampostería debe ser un espacio segura para su habitantes contra los incendios forestales.
El cambio climático ha modificado las reglas del juego. Estamos entrando en una nueva etapa climática que algunos ya describen como el "Calorlítico", una era caracterizada por olas de calor más largas, temperaturas extremas, vegetación cada vez más seca y condiciones que convierten cualquier chispa en un incendio potencialmente catastrófico. El verano ya no es una estación; se ha transformado en una amenaza recurrente que exige una respuesta diferente.
La ciencia lleva años advirtiéndolo. Los incendios de sexta generación desarrollan una violencia capaz de alterar incluso las condiciones meteorológicas a su alrededor. Son fuegos imposibles de controlar cuando alcanzan determinadas dimensiones. Por eso, la única estrategia verdaderamente eficaz consiste en evitar que lleguen a producirse.
En Alicante conocemos bien esa realidad. Durante estos días, expertos de la Universidad de Alicante han defendido que, en episodios extremos de calor y riesgo máximo, podría ser razonable cerrar temporalmente los parques naturales para minimizar las posibilidades de que una negligencia desencadene una tragedia. Puede que la medida no resulte popular, pero nace del conocimiento científico y del análisis de un escenario climático completamente distinto al de hace apenas unas décadas.
Mientras tanto, diversos municipios de la provincia han restringido el acceso a espacios forestales y la Generalitat ha activado los niveles máximos de preemergencia. Sin embargo, todavía hay quien piensa en organizar una barbacoa junto a la piscina o en realizar actividades que, en circunstancias normales, parecerían inofensivas. Esa desconexión entre el riesgo real y la percepción ciudadana demuestra que seguimos sin comprender la magnitud del problema.
Pero la prevención no puede descansar únicamente sobre la responsabilidad individual. España necesita una estrategia estructural mucho más ambiciosa.
Resulta imprescindible establecer franjas de seguridad y áreas de protección contra incendios alrededor de todos los núcleos urbanos situados junto al monte, creando auténticos cinturones defensivos que dificulten la llegada del fuego a las viviendas. Del mismo modo, es necesario ampliar y mantener una red eficaz de cortafuegos, recuperar el cuidado tradicional del monte, eliminar el exceso de biomasa acumulada y gestionar activamente nuestros espacios forestales durante todo el año.
Durante demasiado tiempo hemos confundido conservar con abandonar. Un monte sin gestión no es un monte mejor protegido; al contrario, se convierte en un inmenso almacén de combustible preparado para arder cuando coinciden altas temperaturas, sequedad y viento. Abandonar los montes no es ecológico, sino econegligente.
Todo ello requiere inversiones sostenidas y una planificación que vaya mucho más allá de la campaña estival. No basta con reforzar los medios de extinción cada verano. Hay que invertir mucho más en prevención durante los doce meses del año. Cada euro destinado al mantenimiento forestal evita costes económicos infinitamente superiores y, sobre todo, puede salvar vidas.
Por ello, España necesita un Plan Nacional de Prevención de Grandes Incendios, dotado de financiación suficiente y coordinado entre el Estado, las comunidades autónomas y los ayuntamientos. Un plan que convierta la prevención en una auténtica política de Estado, al mismo nivel que las infraestructuras, la seguridad o la sanidad.
Porque el cambio climático ya no es una amenaza futura. Está aquí. El "Calorlítico" ya forma parte de nuestra realidad cotidiana. Y frente a esa nueva realidad no podemos seguir reaccionando únicamente cuando aparecen las llamas.
Cada incendio que contemplamos en televisión comenzó meses antes, con un monte abandonado, con biomasa acumulada, con infraestructuras preventivas insuficientes o con una sociedad que todavía cree que el fuego siempre les ocurre a otros.
La verdadera pregunta no es cuándo llegará el próximo gran incendio. La pregunta es si habremos aprendido lo suficiente para impedir que vuelva a convertirse en una tragedia humana.
Ramón Palmeral
Alicante, con 37 grados a la sombra












