El fiscal se desmarca de Peramato: ve "posible" rebajar más la condena a Aldama por su confesión
Luzón sostiene en su informe final que su declaración no es "decisiva" para acreditar los delitos, pero sí lo fue "para avanzar" en la investigación

El fiscal jefe de Anticorrupción, Alejandro Luzón, ve "posible" que el tribunal del "caso mascarillas" considere la confesión del empresario Víctor de Aldama como una atenuante "muy cualificada", lo que rebajaría su condena y le permitiría eludir su ingreso en prisión [si no hubiera rebaja de condena, nadie pondría en el futuro riesgo su pellejo].
Pese a que no defendió esta posición en sus conclusiones definitivas, tras acatar el criterio de la fiscal general del Estado, Teresa Peramato, el representante del Ministerio Público ha abierto ahora esta posibilidad que sí ha acogido la acusación popular que aglutina el PP. La última palabra la tendrá, no obstante, el tribunal que preside el magistrado Andrés Martínez Arrieta, que sí tiene en su mano reducir la condena al comisionista, aplicándole una atenuante muy cualificada, por su colaboración con la Justicia.
No obstante, según el fiscal la prueba contra los acusados es "tan abundante" que la declaración de Aldama "no es decisiva ni determinante para la acreditación de las conductas" delictivas que han llevado a juicio al exministro José Luis Ábalos, a quien fuera su asesor Koldo García y al propio Aldama, "pero sí lo ha sido para avanzar en muchos aspectos en la investigación".
Es precisamente por este motivo por el que Luzón considera posible, "y así lo hace la acusación popular", reconocer al empresario una atenuante muy cualificada (con la consiguiente reducción en la petición de siete años de condena) por su confesión.
En todo caso, Luzón ha salido al paso de las reticencias de las defensas de Ábalos y Koldo sobre ese "pacto con Aldama. "Lo único que hay es la estricta aplicación de la ley", ha defendido.
Reproche a los políticos por la corrupción
Luzón se ha mostrado especialmente contundente para denunciar la corrupción política. Tras hacer hincapié en que tanto Ábalos como Koldo se enfrentan a "penas graves" porque "graves son las conductas que se les atribuyen de corrupción orgánica, organizada y continuada", el fiscal jefe de Anticorrupción ha destacado que estos comportamientos "no solo dañan la libre competencia y el recto y normal funcionamiento de la Administración Pública". Además, ha añadido, "con esta corrupción política desde un ministerio del Gobierno disminuye la confianza de los ciudadanos".
Pero no solo eso, Luzón ha alertado a los responsables políticos que "minimizan las conductas de corrupción o descalificación a quien tiene la responsabilidad de perseguirlas" [como los ministros y presidente del gobierno], conductas que según ha puesto de manifiesto solo contribuyen a deslegitimar el Estado de Derecho.
Para el fiscal, la corrupción política "carcome" ya nuestro "sistema democrático", por lo que solo se le puede plantar cara con "una actuación contundente" en el "ámbito preventivo" y en el "represivo" con "sanciones penales".
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Me recuerda a Marlon Brando cuando, hace años, defendía públicamente a su hijo envuelto en un escándalo que sacudió tanto a la prensa como a la opinión pública. En aquellas intervenciones, Brando no solo hablaba como una figura icónica del cine, sino como un padre profundamente afectado, atrapado entre el peso de la fama y el dolor íntimo. Sus palabras estaban cargadas de una mezcla de indignación, amor y vulnerabilidad, como si intentara convencer al mundo —y quizá también a sí mismo— de que la verdad era más compleja de lo que los titulares sugerían.
Había en su tono una especie de desafío contenido, una resistencia a aceptar la narrativa dominante que señalaba directamente la culpabilidad de su hijo. Al mismo tiempo, dejaba entrever una lucha interna, una tensión entre la razón y el instinto de proteger. Esa imagen de Brando, alejándose del personaje impenetrable que tantas veces interpretó en pantalla, mostraba a un hombre real, frágil y contradictorio, enfrentándose a una situación que ninguna fama podía suavizar.
La comparación surge precisamente por ese matiz: no se trata solo de defender una postura, sino de hacerlo desde un lugar emocionalmente expuesto, donde los argumentos se entrelazan con los afectos y donde cada palabra parece llevar el peso de algo mucho más personal que un simple debate.