
El culo le huela a pólvora
Crónica con ironía ante las elecciones generales del 29-N
Ramón Palmeral
Nuevo Impulso.net
Hay días en que la Puerta del Sol huele a historia de los austrias, a churros madrileños recién hechos, a bocadillos de calamares o a unas orejas a la brasa, o a ese "perfume a huida" inconfundible de la política cuando empieza a ponerse nerviosa. Estos días, sin embargo, parece desprender un tufo distinto: una mezcla de pólvora, sudor, orines y "mierda", y a políticos con promesas caducadas. Y es que, ante la perspectiva de las elecciones generales del 29-N, a más de un dirigente de la izquierda y de la izquierda de la izquierda (Frente Amplio y Podemos) parece que «le huele el culo a pólvora». Porque están a punto de salir escopetados, por el cañón por donde entraron.
No es para menos. Quienes llegaron al poder el 23-J y se instalaron en él con una habilidad parlamentaria que sus adversarios califican de ilegítima —aunque la legitimidad jurídica de un Gobierno no se determina por los calificativos de sus rivales— empiezan a percibir que el suelo puede abrirse bajo sus pies. Y cuando el poder amenaza con escaparse, hasta los más firmes defensores de la resistencia descubren una repentina afición por las salidas de emergencia y el "sálvese quien pueda".
Mientras tanto, en la Puerta del Sol se alzan las voces de quienes reclaman viviendas. Lo hacen con toda la razón de quien necesita un techo, porque el problema de la vivienda no se resuelve con discursos ni decretos, ni se paga el alquiler con eslóganes. Pero la ironía aparece cuando las protestas se dirigen contra un sistema en el que los propios gobernantes de la izquierda han permitido, durante años, una creciente presencia de fondos de inversión que sus críticos bautizan como fondos «buitre» o "carroñeros". La acampada parece molestar más a Almeida y Ayuso que, a Sánchez.
Ahora resulta que el monstruo "buitre" tiene accionistas, domicilio fiscal y, por supuesto, abogados. Y que echarlo del mercado inmobiliario es bastante más complicado que convocar una manifestación y reclamar una Huelga General a los sindicatos "chupócteros". Los fondos no se marchan porque un portavoz pronuncie una consigna, ni devuelven el sonar de las llaves porque una pancarta les recuerde que la vivienda es un derecho. El capitalismo financiero, tan dócil en los discursos electorales como indómito en los balances, no suele dejarse desalojar por aclamación popular.
Así que la izquierda se encuentra ante una paradoja de manual: denuncia las consecuencias de un mercado que no ha sabido corregir y reclama soluciones a un problema en el que también pesan sus propias decisiones. La pregunta incómoda no es quién grita más alto, sino quién ha hecho qué, quién ha dejado de hacerlo y por qué, después de tantos años de promesas de construcción de viviendas (5.000, 100.000, 200.000), tantos ciudadanos siguen sin poder permitirse una vivienda.
Y en medio de este escenario, la acampada en la Puerta del Sol añade otra dimensión al conflicto. El espacio público es de todos y la protesta constituye un derecho fundamental, pero eso no convierte cualquier ocupación en una actividad exenta de obligaciones. La limpieza, los servicios higiénicos, la gestión de residuos y las condiciones sanitarias deben estar garantizados para evitar epidemias. Reclamar vivienda no exige renunciar a la higiene, del mismo modo que exigir orden no obliga a silenciar las reivindicaciones sociales. Si existen riesgos sanitarios reales, corresponde a las autoridades sanitarias (municipales, autonómica y estatal) evaluarlos y actuar con criterios objetivos, no convertirlos en munición partidista.
Porque la política de Sánchez consiste: Si hay suciedad, la culpa es del adversario; si falta vivienda, la culpa es del mercado; si el mercado no responde, la culpa es de los fondos; y si las promesas no se cumplen, siempre queda la posibilidad de convocar otra protesta contra la oposición que no gobiernan.
La guinda del pastel sería una huelga general anunciada para el 11 de noviembre contra la oposición. Una huelga contra quienes no gobiernan, como si la oposición tuviera en sus manos el BOE, los ministerios y las competencias del Ejecutivo. La iniciativa parece una de esas piruetas dialécticas en las que el objetivo no es tanto solucionar un problema como encontrar a quién endosárselo.
Si la convocatoria llega a celebrarse en esos términos, su éxito dependerá de la participación real, de las reivindicaciones y del respaldo social, no de las expectativas de sus promotores ni de los pronósticos de sus detractores. Darla por fracasada de antemano sería caer en el mismo vicio que se pretende denunciar: confundir el deseo con la realidad. Pero estoy seguro que es un fracaso.
Entretanto, la pólvora política sigue acumulándose. Cada declaración pretende apagar un incendio y acaba echando más leña al fuego. Los dirigentes miran las encuestas, los adversarios afilan sus argumentos y los ciudadanos observan el espectáculo con esa mezcla de cansancio y escepticismo que produce escuchar las mismas promesas mientras la cuenta bancaria adelgaza y el alquiler engorda.
Tal vez por eso la Puerta del Sol se ha convertido en el escenario perfecto para esta tragicomedia nacional esperpéntica a los Valle-Inclán. Allí confluyen la protesta, la propaganda y el miedo a perder el poder. Allí se reclama vivienda mientras se discute quién debe responder por su carestía. Allí se invoca la justicia social, se denuncian los excesos del mercado y se preparan nuevas batallas electorales, en asambleas.
Y, por encima de todo, allí flota esa pregunta que nadie quiere responder demasiado alto: ¿quién acabará pagando la factura?
Porque, cuando se acerca una cita electoral, los políticos pueden permitirse muchas cosas: cambiar de discurso, descubrir problemas que antes no veían y prometer soluciones que quizá nunca lleguen. Lo que resulta más difícil es esconder indefinidamente el olor de los asuntos pendientes.
Y si a algunos ya les huele el culo a pólvora, quizá no sea porque el cañón esté cargado, sino porque empiezan a escuchar el ruido de una ciudadanía que, harta de fuegos artificiales, quiere saber quién encendió la mecha y quién tendrá que apagar el incendio.
En política, como en los viejos espectáculos pirotécnicos, siempre hay quien enciende la mecha, quien vende las entradas y quien termina recogiendo los restos. La diferencia es que, en esta función, la factura suele llegar al contribuyente.
Nuevo Impulso.net
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Nota de Prensa:
Los sindicatos de Metro desmienten a Ayuso y niegan haber pedido el cierre de la estación de Sol por “insalubridad”
“Lo han solicitado desde prevención de riesgos laborales y los sindicatos”, aseguró esta mañana la presidenta regional Isabel Díaz Ayuso para justificar el cierre improvisado de la estación de Metro de Madrid en la Puerta del Sol. Lo afirmaba durante una entrevista con Jiménez Losantos en Esradio, en la que informaba de la clausura, sin detallar la hora en la que se produciría. “Hay condiciones de insalubridad dentro”, remarcaba.
Pero esta clausura no había sido solicitada por los sindicatos, según afirma el Comité de Empresa de Metro de Madrid en una comunicación a la que ha tenido acceso este periódico. “Desde las Secciones Sindicales de CCOO, UGT y Solidaridad Obrera de Metro de Madrid, queremos desmentir las palabras de la señora Isabel Díaz Ayuso y dejar claro que los sindicatos no hemos sido quienes hemos solicitado el cierre de la estación de Sol”, dicen en un comunicado sellado por todas las organizaciones.