La desigualdad es un fenómeno complejo. Por eso resulta tan tentador
explicarla mediante relatos simples. Uno de los más exitosos en los
últimos tiempos enfrenta a jóvenes precarios y jubilados dignos, como si
pertenecieran a bandos opuestos.
El esquema es atractivo. Tiene lógica aparente: buenos y malos,
víctimas identificables. Funciona bien en titulares, tertulias,
algoritmos e incluso inspira libros de exitosas ventas. Pero esa
eficacia narrativa no convierte automáticamente en correcto el
diagnóstico.
La experiencia material de buena parte de la juventud es, objetivamente, más frágil que la que vivieron generaciones anteriores
El conflicto generacional se ha instalado así en el debate público
con la naturalidad de una evidencia indiscutible. Los jóvenes aparecen
como damnificados directos de un sistema que, se dice, protege en exceso
a quienes ya han trabajado toda su vida. Los pensionistas, por su
parte, quedan retratados como una generación privilegiada que habría
blindado su bienestar a costa del futuro de quienes vienen detrás.
El relato es impecable.
Y profundamente engañoso.
Funciona como el viejo truco del trilero: mientras miramos la mano
que mueve la bolita —jóvenes contra jubilados— no vemos quién se lleva
la cartera.
Que los jóvenes tengan razones sobradas para la frustración es
difícilmente discutible. Salarios insuficientes, precariedad
cronificada, vivienda convertida en bien especulativo, trayectorias
laborales fragmentadas, incertidumbre vital elevada a categoría
estructural.
La experiencia material de buena parte de la juventud es, objetivamente, más frágil que la que vivieron generaciones anteriores.
Pero la trampa aparece cuando esa precariedad se presenta como
consecuencia directa del sistema de pensiones o del supuesto “exceso de
protección” a los mayores. Cuando la discusión pasa del terreno de la
equidad al de la confrontación. Cuando se instala la idea de que el
bienestar de unos exige necesariamente el deterioro de otros.
Ahí comienza el truco.
Porque la desigualdad no se explica por la fecha de nacimiento, sino
por la estructura económica, el modelo productivo y el reparto del
poder.
Conviene observar lo que ocurre fuera de la mesa del trilero que
alimenta esta retórica de guerra entre generaciones. Para que el truco
funcione, no se puede acercar el objetivo; es imprescindible
generalizar.
No conviene diferenciar entre un joven con patrimonio familiar y otro
sin red de seguridad. Ni entre un jubilado con pensión mínima y otro
con ingresos holgados y patrimonio confortable. La edad no uniformiza
experiencias, del mismo modo que no elimina la obviedad de que las
desigualdades económicas atraviesan todas las cohortes generacionales.
Reflexionar sobre la equidad intergeneracional es legítimo y
necesario. Pero plantearlo en términos de suma cero no solo resulta
intelectualmente pobre, sino socialmente corrosivo
Acercar demasiado la cámara sería peligroso.
Porque nos delataría la verdad incuestionable de siempre: la variable decisiva sigue siendo la distribución de la riqueza.
Presentar las pensiones como causa principal de la precariedad
juvenil ofrece una ventaja evidente: desplazar el foco. Permite evitar
preguntas tan simples como incómodas:
¿Por qué los salarios siguen siendo insuficientes?
¿Por qué la vivienda se ha convertido en un bien inaccesible para amplias capas de la población joven?
¿Por qué los beneficios empresariales baten récords mientras la inseguridad laboral se cronifica?
¿Por qué la fiscalidad sobre las grandes rentas y patrimonios sigue siendo objeto de pudor colectivo?
Cuestionar estas cuestiones implicaría interrogar al modelo
económico, a la estructura productiva, al reparto real de costes y
beneficios.
Mucho más sencillo resulta ofrecer una respuesta rápida:
— El pensionista es el culpable.
Un culpable visible, manejable, emocionalmente eficaz. Mucho más cómodo que señalar injusticias y privilegios estructurales.
El trilero siempre prefiere que mires el cubilete equivocado.
Reflexionar sobre la equidad intergeneracional es legítimo y
necesario. Pero plantearlo en términos de suma cero —lo que ganan unos
lo pierden otros— no solo resulta intelectualmente pobre, sino
socialmente corrosivo.
Porque enfrenta a quienes, en realidad, comparten inseguridades distintas nacidas de una misma incertidumbre estructural.
Los jóvenes temen no tener futuro. [El social-comunismo de la teta del Estado nunca ha funcionado, se ve en Rusia y en Cuba].
Los mayores temen perder seguridad.
Transformar esos temores en antagonismo no es un diagnóstico
sociológico. Es una operación política, de mala política. Y, conviene
decirlo sin rodeos, una canallada interesada.
Preguntémonos con serenidad:
¿Quién gana cuando jóvenes precarios y jubilados dignos se miran como adversarios?
No ganan los jóvenes
No ganan los pensionistas.
Gana los trileros.
Ganan quienes consiguen que la conversación no se centre en salarios,
vivienda, regulación laboral, distribución de renta o fiscalidad. Ganan
quienes necesitan debilitar el Estado de Bienestar sin asumir el coste
político de declararlo abiertamente.
Ganan quienes se niegan a impulsar políticas capaces de garantizar
salarios dignos, vivienda accesible, estabilidad laboral y horizontes
creíbles.
Como todos los trileros, casi nunca pierden.
Según Quim G. Muntadas