España ya vivió en primera persona las consecuencias del terrorismo islámico y de los conflictos internacionales con el atentado del 11 de marzo de 2004, conocido como el 11-M, perpetrado en trenes de cercanías de Madrid. En aquel ataque murieron 193 personas y casi 2.000 resultaron heridas. Fue el mayor atentado terrorista en la historia del país y dejó una huella profunda en la sociedad española.
En ese momento, España formaba parte de la coalición internacional que apoyaba la invasión de Irak en 2003, impulsada por el presidente estadounidense George W. Bush. El gobierno español de entonces, presidido por José María Aznar, respaldó esa intervención. Tras los atentados y el cambio de gobierno, el nuevo presidente José Luis Rodríguez Zapatero retiró las tropas españolas de Irak.
Esa experiencia influyó de manera duradera en la política exterior española. Desde entonces, España ha tendido a apostar por el multilateralismo, la diplomacia y el marco de la Unión Europea y la OTAN, intentando equilibrar sus compromisos internacionales con la protección de su propia seguridad.
En el contexto actual de tensiones en Oriente Medio, incluida la rivalidad entre Irán y distintos actores occidentales, algunos analistas sostienen que Europa debe actuar con prudencia para evitar convertirse en objetivo de represalias o escaladas indirectas. Otros recuerdan que la neutralidad absoluta es difícil cuando se pertenece a alianzas como la UE o la OTAN.
Pedro Sánchez quiere ir de prudente en esta nueva guerra
El actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha defendido en varias ocasiones la vía diplomática y el respeto al derecho internacional como ejes de la política exterior española. Esa postura puede interpretarse como una estrategia basada en la experiencia histórica reciente: reducir riesgos, priorizar la estabilidad y evitar implicaciones militares directas que puedan tener consecuencias internas.
En definitiva, el debate sobre neutralidad o alineamiento no es solo ideológico, sino estratégico. La memoria del 11-M sigue influyendo en cómo España y parte de Europa valoran su papel en conflictos internacionales y los posibles riesgos asociados.
Es prudente no demostrar euforia públicamente, otro asunto es lo que se pueda hacer diplomáticamente.
La tradición española en las dos grandes guerras: Primera y Segunda Mundial, ha sido mantenerse neutral.
