Dicen que la guerra nunca ha sido la solución. Pero, al parecer, en determinados despachos de Washington y Tel Aviv esa frase debe de estar archivada en la misma carpeta que los manuales de prudencia: esa que nadie abre nunca. Con su conocida mezcla de convicción moral y geopolítica improvisada, Estados Unidos e Israel decidieron iniciar la guerra contra Irán. Y, como suele ocurrir cuando alguien dispara primero y piensa después, ahora da la impresión de que se han pegado un tiro en el pie… y además en mitad del Golfo Pérsico.
Quince días después del inicio de la ofensiva, la operación ya acumula cerca de 6.000 objetivos bombardeados en territorio iraní: centros de mando, instalaciones de la Guardia Revolucionaria y toda una lista de objetivos estratégicos que, sobre el papel, debían resolver el problema. El detalle incómodo es que el problema sigue ahí, y además parece más grande. Irán no muestra el menor interés en negociar, el estrecho de Ormuz está bloqueado, el precio del petróleo se dispara y Oriente Medio vuelve a recordarle al mundo que es el tablero donde los planes militares suelen durar lo mismo que un castillo de arena en marea alta.
Mientras tanto, el nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei —heredero del ayatolá Alí Jamenei, fallecido en los primeros ataques— promete responder con contundencia. Según algunas informaciones, Teherán estaría recibiendo drones y apoyo tecnológico de Rusia y China. Nada que sorprenda demasiado: en el ajedrez geopolítico siempre hay jugadores dispuestos a prestar piezas… sobre todo si con ello pueden complicarle la partida al adversario.
En este escenario, la imagen internacional empieza a adquirir tintes casi teatrales. Donald Trump, que nunca ha tenido problemas en anunciar victorias antes de que empiece la batalla, aparece ahora intentando explicar cómo salir del Golfo Pérsico sin que parezca exactamente una retirada. Digamos que la escena recuerda a ese perro que vuelve a casa con el rabo entre las piernas después de haber descubierto que el vecino tiene un perro más grande.
Desde Moscú, en cambio, Vladimir Putin observa la situación con una sonrisa difícil de ocultar. Mientras Washington se enreda en Oriente Medio, Rusia vuelve a encontrar aire para su economía energética: el petróleo sube, los mercados tiemblan y, de repente, el crudo ruso vuelve a ser un actor imprescindible. Si la geopolítica fuera un teatro, Putin estaría en el palco aplaudiendo con las orejas.
Y en medio de todo este espectáculo internacional aparece Ucrania, que lleva más de dos años intentando recordar al mundo que su guerra sigue ahí. Kiev observa cómo el foco mediático, los recursos militares y la atención diplomática se desplazan hacia Oriente Medio. No es difícil imaginar la pregunta que ronda por los pasillos del gobierno ucraniano: “Perdón… ¿y lo mío qué?”
Europa, por su parte, intenta mantener una postura incómoda pero prudente. Países como España o Italia han dicho “no” a participar en la ofensiva contra Irán, ni siquiera prestando apoyo logístico desde sus bases. Es una forma elegante de decir: esta vez preferimos no meternos en este incendio. Aunque, al mismo tiempo, la política de rearme continúa discretamente. En España, el gobierno de Pedro Sánchez mantiene el discurso del “no a la guerra” mientras aprueba nuevos fondos para modernizar las Fuerzas Armadas. La vieja lógica europea: rechazar la guerra… pero por si acaso tener el extintor cargado.
Al final, la escena global parece un recordatorio de algo bastante antiguo: las guerras empiezan con discursos grandilocuentes sobre seguridad, libertad o defensa estratégica, pero casi nunca terminan según lo planeado. Y mientras los grandes líderes juegan su partida, el tablero —Oriente Medio, Europa, el mercado energético mundial— se vuelve cada vez más inestable.
La guerra nunca ha sido la solución, dicen. El problema es que, para algunos dirigentes, sigue siendo la primera idea que se les ocurre cuando se quedan sin soluciones.
