ARTICULOS DE OPINION


Revista digital de arte, cultura y opinión en Alicante. Enlace con POESIA PALMERIANA. En estas páginas no podemos estar ajenos a lo que pasa en España ni en el mundo. Dirigida por el escritor, poeta y pintor Ramón PALMERAL. Los lectores deciden si este blog es bueno, malo, o merece la pena leerlo. El periodismo consiste en decir lo que a algunos no les gustaría leer.

domingo, 15 de marzo de 2026

Así gana el FC Barcelona al Sevilla, 5 a 2, jornada 20 del 15 de marzo de 2026. Con dos penaltis en contra del Sevilla

 


Munera, un árbitro catalán, decidió que el partido merecía un prólogo dramático. Pitó  un penalty que nadie vio. Nada de dejar que el balón ruede y que cada cual se gane lo suyo: mejor sacar la pluma y escribir un par de capítulos arbitrales. Porque si algo nos enseñó el encuentro es que el fútbol moderno tiene muchas formas de espectáculo: goles, errores defensivos… y, por supuesto, interpretaciones creativas del reglamento. Al Sevilla no lo respetan.

El primero de los penaltis fue casi una pieza de arte conceptual. De esos que existen más en la imaginación del observador que en la realidad material del contacto. Uno mira la jugada varias veces, cambia de cámara, reduce la velocidad… y sigue preguntándose si el silbato se adelantó a la evidencia. Porque la sensación es clara: ese penalti, en el área del Barça, no lo pita ni el eco del estadio.

El segundo ya entra en el terreno de la arqueología reglamentaria. Mano apoyada en el suelo, una escena tan común como inevitable cuando un jugador se cae… y, sin embargo, convertida en infracción capital. Desde que existe la norma moderna de las manos, es difícil recordar una aplicación tan entusiasta. Quizá haya precedentes en alguna hemeroteca remota, pero desde luego no es lo que uno ve cada fin de semana.

Y lo curioso es que, realmente, no hacía falta tanta dramaturgia arbitral. El partido tenía explicación suficiente por sí mismo. El equipo de Hansi Flick funciona con una claridad y una velocidad que convierten cada transición en un problema serio para el rival. Y el rival, en este caso, venía con problemas de fábrica. El Sevilla de Matías Almeyda parece hecho de vidrio fino: se rompe con facilidad, cruje en defensa y transmite esa sensación de fragilidad que invita más a las oraciones que a las remontadas.

Así que el 5-2 que se vio en el Camp Nou tenía razones futbolísticas de sobra. Un equipo con idea, otro con demasiadas grietas. Por eso mismo chirrían tanto los dos penaltis: porque cuando un partido ya se inclina por su propio peso, lo último que necesita es que alguien le meta la mano en la cartera para ayudarle a caer del todo. Cuando un arbitro decide que gane un equipo no hay nada que hacer. 

Al final, más que cambiar el resultado, esas decisiones dejan un regusto incómodo. No porque expliquen la goleada —que seguramente habría llegado igual— sino porque impiden mirar el partido con calma. Y en el fútbol, cuando el árbitro se convierte en protagonista, algo del espectáculo se pierde por el camino.