Yo no me fío de Pedro Sánchez en lo más mínimo. No es una cuestión ideológica únicamente, sino de credibilidad. Cada vez que el Gobierno anuncia un gran paquete de medidas, como este plan de 5.000 millones de euros con 80 iniciativas para afrontar la crisis en Oriente Medio, el discurso suena ambicioso y bien intencionado, pero la duda está en su ejecución real y en sus efectos a medio plazo.
Sobre el papel, el plan incluye medidas atractivas: bajadas de impuestos en carburantes, electricidad y gas, ayudas a sectores clave como el transporte, la agricultura o la industria, y un refuerzo del llamado “escudo social”. También se apuesta por energías renovables y por facilitar el autoconsumo, algo que en principio parece positivo. Sin embargo, muchas de estas decisiones ya se han visto antes en contextos similares, y no siempre han tenido el impacto prometido o han sido sostenibles en el tiempo.
Por ejemplo, la reducción del IVA o de impuestos energéticos puede aliviar temporalmente el bolsillo de los ciudadanos, pero no soluciona el problema estructural del precio de la energía ni la dependencia exterior. Además, estas rebajas fiscales suponen menos ingresos para el Estado, lo que genera dudas sobre cómo se financiarán a largo plazo sin aumentar deuda o recortar en otras áreas.
También genera desconfianza el enfoque político de algunas medidas, como la prohibición de despedir para empresas que reciban ayudas. Aunque busca proteger el empleo, puede acabar desincentivando a empresas a acogerse a esas ayudas o dificultar su adaptación en momentos de crisis. Del mismo modo, muchas de las ayudas están muy focalizadas, lo que puede dejar fuera a otros sectores igualmente afectados.
Otro punto clave es la necesidad de que el decreto sea convalidado en el Congreso. Ahí es donde realmente se verá si el plan tiene respaldo suficiente o si se convierte en una herramienta más de negociación política. Además, la postura de la Comisión Europea, que no prevé flexibilizar las reglas fiscales, añade presión sobre la viabilidad del conjunto de medidas.
En resumen, el problema no es tanto lo que se anuncia, sino la confianza en que se cumpla y funcione. Las medidas pueden parecer adecuadas en teoría, pero sin una ejecución eficaz, control del gasto y resultados claros, todo queda en promesas. Y esa falta de confianza acumulada es lo que hace que muchos, como yo, veamos este tipo de anuncios con escepticismo.