La nueva guerra en Irán vuelve a recordarnos una constante histórica: los conflictos suelen estar impulsados por decisiones de poder tomadas lejos de quienes realmente sufren sus consecuencias. No hay nada más peligroso que la combinación de miedo, ideología y capacidad destructiva en manos de líderes o sistemas que priorizan intereses estratégicos sobre la vida humana.
A menudo se construyen narrativas que señalan a “otros” como enemigos —ya sea por su nacionalidad, religión o cultura—, pero esa simplificación solo alimenta el ciclo de animadversión. Al final, las guerras no las pagan quienes las declaran, sino la población civil: familias desplazadas, economías devastadas y generaciones marcadas por la violencia.
Además, el impacto nunca es igual para todos. Las personas más vulnerables son quienes más sufren: quienes tienen menos recursos, menos protección y menos voz. La guerra agranda desigualdades y deja cicatrices profundas incluso cuando termina.
Por eso, más que señalar culpables de forma genérica, es necesario analizar las estructuras, los intereses geopolíticos y las decisiones concretas que llevan a estos conflictos. Solo así se puede aspirar a romper ese ciclo y evitar que, una vez más, sean “los de siempre” quienes paguen el precio. Las venganzas, las humillaciones y los malos, malísimo de los fundamentalismos con mentalidad en la Edad Media.
Guerras de Kwait, Iraq, Irán y un Oriente Medio siempre en conflicto, como una continuación de las dos grandes guerras mundiales de los nazis, la de Corea, la de Vietnam, Libia, palestinos Gaza... y siempre el de las dos pistolas (pistolero) por medio.
