Las recientes declaraciones de Felipe VI sobre la conquista de América no pueden entenderse únicamente como una reflexión histórica o académica. Se inscriben, más bien, en un contexto político y diplomático concreto: el intento de recomponer las relaciones con México y asegurar su presencia en la próxima cumbre iberoamericana que se celebrará en Madrid.
Al reconocer que durante la conquista “hubo mucho abuso” y al enfatizar los “claroscuros” del proceso, el monarca parece alinearse parcialmente con un discurso que ha sido impulsado desde sectores de la izquierda política, tanto en España como en América Latina. Este relato tiende a poner el foco en los aspectos más negativos del proceso histórico, subrayando la violencia, la explotación y las injusticias sufridas por los pueblos indígenas, a menudo descontextualizando los hechos o juzgándolos exclusivamente con parámetros morales actuales.
Sin embargo, esta visión resulta incompleta si no se considera que el México contemporáneo es, en gran medida, fruto de ese proceso histórico complejo que fue la conquista y la posterior colonización. La realidad es que de ese encuentro —violento y contradictorio, sin duda— surgió una nueva civilización mestiza. España no solo impuso su dominio, sino que también legó estructuras fundamentales: un sistema jurídico basado en las Leyes de Indias, una lengua común —el español—, una tradición cultural compartida, una religión mayoritaria y unas bases institucionales que, con el tiempo, darían forma a los actuales Estados latinoamericanos. Mas que una conquista fue una integración.
Reducir la conquista a una narrativa exclusivamente de opresión implica ignorar esa dimensión constructiva, así como el hecho de que muchas de las identidades nacionales actuales en América Latina, incluida la mexicana, son inseparables de ese legado hispánico. La propia idea de “mestizaje”, mencionada por el rey, apunta precisamente a esa fusión cultural que define hoy a millones de personas a ambos lados del Atlántico. Cuando España civilizó las tribus indígenas de América las naciones actuales no existías. Ver mi artículo de los hermanos Pizarro en América en la revista Meer.
En este contexto, las palabras de Felipe VI pueden interpretarse como un gesto político calculado: un intento de tender puentes con el gobierno mexicano, que desde la etapa del socialista Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum ha mantenido una postura crítica hacia el pasado colonial español. Este acercamiento busca rebajar tensiones y facilitar la cooperación en foros internacionales, especialmente de cara a la próxima cumbre iberoamericana. Lo que tiene que solucionar Sheinbaum es la guerra con el narco de Jalisco y otras provincias.
No obstante, este tipo de posicionamientos abre un debate legítimo en España: hasta qué punto la Corona debe asumir discursos que pueden percibirse como concesiones políticas, y si al hacerlo contribuye a una interpretación equilibrada de la historia o, por el contrario, refuerza visiones parciales que alimentan la confrontación en lugar del entendimiento.
En definitiva, 533 quinientos treinta y tres años después, la cuestión no es negar los abusos —que existieron y deben ser reconocidos—, sino evitar que el análisis histórico se convierta en un instrumento político simplificador. Comprender la conquista de América exige asumir su complejidad: fue, al mismo tiempo, un proceso de conflicto, de imposición y también de integrac ión y civilización occidental, creación de una nueva realidad cultural que sigue viva hoy.
Ramón Palmeral
