El ministro de Transportes, Óscar Puente, dijo en la Comisión del Congreso que el accidente de Adamuz con 46 muertos, y el de Rodalies se deben al cambio climático. Una explicación que viene a ser lo mismo que decir que se deben a la voluntad de Dios: una especie de “designio divino” versión siglo XXI. Algo muy en la línea de los ayatolás de Irán cuando afirman que “las cosas van mal porque somos pecadores y Dios nos castiga”. Antes era Dios; ahora es el clima. Cambia el envoltorio, pero no el truco.
Lo que debería hacer el ministro, en lugar de mirar al cielo, es ordenar una auditoría interna a Dios, o seria más racinal averiguar adónde han ido a parar los dineros europeos. Por ejemplo, los más de cien millones de euros que Europa aportó para la línea Madrid-Sevilla en 1992. Porque a veces las fiscalizaciones de las cuentas no sirven de nada cuando los propios gestores son los principales corruptos. Ahí está el caso de José Luis Ábalos, hoy en la cárcel, para recordarlo.
Resulta curioso que se carguen las culpas a Rajoy, pero nunca a Zapatero del psoe, que gobernó después de Aznar durante siete años y es, además, el padre ideológico de estos “brotes verdes” que tanto se nos vendieron. La memoria política en España es muy selectiva.
Gobernar no es repartir excusas, sino hacer previsiones y ejecutar obras públicas para prevenir. Lo estamos viendo ahora con las lluvias en Andalucía: cauces llenos de maleza, faltan embalses y mantenimiento, ríos sin encauzar y décadas de abandono. Luego llega el agua, pasa lo que pasa y la culpa, cómo no, vuelve a ser del cambio climático. Siempre hay un culpable abstracto… menos el que gestiona.
Media España esta incomunicada por ferrocarril y carreteras. Pedro Sánchez no sabe dónde ocultarse para no dar la cara. No puede gobernar por que a sus socios le han salido enanos. Sin presupuestos no se puede gobernar. La elecciones de Aragón del 8 de febrero, será otra prueba de desaciertos.