(El sanchismo no pide perdón por nada) (IA Palmeral)
Escribe Mariano Rajoy, expresidente de gobierno y actual comentarista deportivo en El Debate.
"Nada de esto son minucias. Sin embargo, les interesa más chivarse a un ministro extranjero o hacer una reverencia a un primer ministro para provocar ruido, distraer la atención, alborotar y todo para que no se hable de lo que estamos viviendo. Ellos no piden perdón por nada. Eso, por lo visto, siempre les toca a otros. Ustedes ya saben cómo soy y lo que pienso. ¡Viva España! Hemos ganado una vez más." (Mariano Rajoy, "Hay que tener buen humor", El Debate, 14 de julio de 2026)
Cuando leí el artículo de Mariano Rajoy publicado el 14 de julio en El Debate, confieso que pensé que aquello de "ellos no piden perdón por nada" iba dirigido a los franceses. La coincidencia con la Fiesta Nacional francesa y la reciente polémica sobre la selección invitaban a esa interpretación. Sin embargo, una segunda lectura revela que el destinatario parecía ser otro: el universo sanchista.
Y, visto el panorama político, no deja de tener su gracia. Porque si hay algo que caracteriza al sanchismo es esa sorprendente capacidad para convertir cualquier escándalo en un problema de la oposición, de los jueces, de la prensa, de la ultraderecha o, si hace falta, de la alineación de los planetas. La autocrítica, en cambio, permanece desaparecida en combate.
Mientras el entorno del presidente acumula investigaciones y polémicas que afectan a personas de su máxima confianza y a familiares, la respuesta oficial parece resumirse en una fórmula magistral: aquí no ha pasado nada, nadie tiene que pedir perdón y, si alguien insiste en preguntar, será acusado de participar en una conspiración. El manual de resistencia ha evolucionado hasta convertirse en un manual de negación permanente.
Resulta curioso recordar que muchos de los actuales ministros y portavoces exigían en su día la dimisión inmediata de Mariano Rajoy y reclamaban, casi a diario, que pidiera perdón por cualquier asunto que rozara al Gobierno del Partido Popular. La exigencia ética era entonces un deporte olímpico. Hoy parece haberse convertido en una disciplina en peligro de extinción.
El episodio de la selección francesa es otro ejemplo digno de estudio. Rajoy escribió un comentario desenfadado afirmando que Francia jugaba "sin franceses". Inmediatamente se construyó el relato de que estaba hablando del color de la piel de los jugadores. Sin embargo, una lectura literal de sus palabras muestra que el expresidente hacía un chascarrillo sobre los orígenes familiares o nacionales de muchos internacionales franceses, fruto de la historia colonial y migratoria de Francia durante los siglos XIX y XX, no sobre su raza. Se podrá considerar un comentario más o menos acertado, más o menos ingenioso, pero convertirlo automáticamente en un alegato racista requería bastante imaginación... o bastante interés político.
Y ahí apareció Pedro Sánchez, aprovechando su presencia en París el 14 de julio para ejercer de portavoz oficioso de la corrección política internacional. Más que disculparse por los problemas que cercan a su propio Gobierno, encontró tiempo para desmarcarse de Rajoy y presentar una imagen de España tan impecable en el exterior como cuestionada en el interior.
Al final, la ironía es inevitable. Quienes durante años hicieron del "pida perdón" un lema político parecen haber descubierto las virtudes del "aquí no hay nada que perdonar". La doble vara de medir ya no es una herramienta; es toda una filosofía de gobierno.
Y quizá por eso la frase de Rajoy cobra un sentido inesperadamente actual: hay quienes, efectivamente, no piden perdón por nada. No porque nunca se equivoquen, sino porque han decidido que reconocer un error es mucho más peligroso que cambiar el relato. Mientras tanto, el presidente permanece cada vez más atrincherado en su particular gallinero político, con la vista puesta en la siguiente campaña electoral y convencido de que el mejor cortafuegos no es dar explicaciones, sino cambiar de conversación.
