ARTICULOS DE OPINION


Revista digital de arte, cultura y opinión en Alicante. Enlace con POESIA PALMERIANA. En estas páginas no podemos estar ajenos a lo que pasa en España ni en el mundo. Dirigida por el escritor, poeta y pintor Ramón PALMERAL. Los lectores deciden si este blog es bueno, malo, o merece la pena leerlo. El periodismo consiste en decir lo que a algunos no les gustaría leer.

miércoles, 24 de junio de 2026

El presidente Pedro Sánchez acabará tras la rejas como Ulula Da Silva

 

                Importante político español en prisión acompañando a Ábalos y Koldo (IA)

 

El debate en torno a la corrupción que asedia al Gobierno de Pedro Sánchez ha alcanzado un punto de extrema gravedad, convirtiéndose en una crisis institucional sin precedentes en la historia reciente de España. La acumulación de escándalos que cercan directamente al entorno más íntimo del presidente —desde su ámbito familiar hasta sus ministros y hombres de máxima confianza— ha abierto un escenario donde la línea de defensa monclovita resulta, para gran parte de la sociedad y de la oposición, insostenible y destructiva para el sistema democrático.

Pedro Sánchez está tan pillado por la corrupción que sabe que no puede dimitir porque le juzgarán y acabará en prisión.  

La respuesta de la Moncloa ante los distintos frentes judiciales e investigaciones policiales se articula en torno a tres ejes que generan una profunda indignación y alarma social:

1. La falacia del desconocimiento ante un macroaparato de control

La tesis de que el presidente «no sabía nada» o de que los casos de corrupción le «cayeron encima» por mera casualidad choca frontalmente con la realidad operativa del poder. El presidente del Gobierno cuenta con un descomunal aparato a su servicio: más de 800 asesores, ministerios enteros, la Abogacía del Estado, la Fiscalía General y los servicios de inteligencia del Estado.

  • Negligencia inexcusable: Si el líder de una nación, con semejante despliegue de recursos humanos e información a su disposición, es incapaz de detectar que en su propio despacho, en su residencia oficial o en los ministerios clave se están tejiendo presuntas redes de tráfico de influencias y comisiones ilegales, se sitúa ante una negligencia intolerable.

  • Responsabilidad in vigilando: En política, la ignorancia no exime de culpa; al contrario, la agrava. Un presidente es el responsable directo de elegir a sus colaboradores. Si sus personas de máxima confianza resultan estar imputadas o bajo sospecha judicial, la responsabilidad política es automática e intransferible.

2. El asalto a los contrapoderes del Estado

Lo que agrava aún más la situación no es solo la corrupción en sí, sino la agresiva estrategia de defensa adoptada por el Ejecutivo. Ante la acción de la justicia y las revelaciones policiales, la táctica gubernamental ha consistido en el señalamiento público de los mecanismos de control del Estado de derecho.

  • Criminalización de jueces y policías: Se ha normalizado el uso del término lawfare (guerra judicial) y se acusa abiertamente a magistrados independientes, fiscales no alineados y unidades policiales de investigación (como la UCO) de formar parte de una "trama política y mediática" ultraderechista.

  • Erosión democrática: Este intento de desacreditar a los tribunales y a las fuerzas de seguridad cuando investigan al poder político es una táctica propia de regímenes autocráticos. Buscar la impunidad socavando la credibilidad de la justicia y la separación de poderes debilita los cimientos de la democracia española.

3. La "jeta" política como estrategia de supervivencia

Para los sectores más críticos, la comparecencia del presidente en el Congreso de los Diputados pretendiendo figurar como una víctima colateral de su propio entorno representa un ejercicio de cinismo político insoportable.

  • Doble rasero moral: Quien llegó al poder mediante una moción de censura fundamentada en la exigencia de una regeneración ética implacable contra la corrupción ajena, ampara ahora una condescendencia absoluta hacia la propia.

  • Atrincheramiento institucional: La negativa a asumir responsabilidades políticas inmediatas y el uso de las instituciones del Estado (incluyendo los medios de comunicación públicos) para blindar la figura presidencial y atacar a la oposición evidencia un atrincheramiento en el poder a cualquier precio.

Conclusión: Un sistema democrático sano no puede digerir que la respuesta de su máximo gobernante ante la corrupción sistémica de su entorno sea el victimismo, la ignorancia selectiva y el ataque frontal a los jueces que lo investigan. La pretensión de que un presidente con un control omnímodo sobre el Estado sea un simple espectador de los delitos cometidos a su alrededor degrada la dignidad de la Presidencia del Gobierno y sume al país en una degradación institucional límite.