Vivimos tiempos de descontento con un futuro con abundantes disturbios y enfrentamientos en la calles con robos en los comercios, ante la carestía de la vida en todos los conceptos. En España el posible cambio de gobierno hacia la derecha tras el 29-N augura una organización de huelgas y manifestaciones por parte de la ultra-izquierda, vivimos en un caos como dijo la Infanta Leonor:
Fragmento de discurso de la Princesa de Asturias:
"Cómo mantener el entusiasmo en estos tiempos de desencanto social profundo, de descreimiento y desigualdades, de conflictos, extremismos, populismos, guerras tecnológicas, híbridas, realidades líquidas, realpolitik, amenazas, incertidumbre, todo amplificado además en las redes…, los números macroeconómicos y el coste de la vida… Tiempos también, no lo olvidemos, de esfuerzo y de trabajo callado de muchos, de perseguir la autenticidad frente a lo virtual, de debatir sobre el valor de la imperfección humana frente a la pretendida perfección de la máquina… Cómo afronta mi generación semejante complejidad. Cómo digerimos la velocidad y el desencanto, lo que muchos consideran falta de expectativas e imposibilidad de planear una vida, tener un buen trabajo, una casa… Pero ante semejante caos; desde aquí, hoy, en Oviedo, cómo puedo mostrarme ante ustedes sincera, ni ilusa ni apocalíptica, ni cínica ni dramática".
Leer el discurso completo de la Infanta Leonor en los Premios Príncipe de Asturias:
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Cito a Marta Gallardo escribe en La Razón (24-10-2026)
"De París a Tirana, el malestar de una generación ha saltado a las calles. Ciudades de Grecia, Portugal, Albania, Francia, Italia e incluso España han sido testigos de una nueva ola de descontento joven que en algunos casos ha acabado derivando en disturbios y enfrentamientos con la policía. Más allá de lo llamativo de las imágenes, lo cierto es que la crispación social ha trascendido fronteras y cuenta con pilares comunes, como apunta a LA RAZÓN la socióloga italiana Ilaria Pitti: "Tienen sus propias particularidades locales, ya que las cuestiones que están en el centro de estas manifestaciones están arraigadas en contextos políticos y sociales nacionales. Al mismo tiempo, comparten algunas características importantes".
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Un mundo en crisis: de la pandemia a la incertidumbre global
Tenemos la sensación de que el mundo ha cambiado profundamente, sobre todo desde la pandemia de la COVID-19. Aquella tragedia sanitaria, que paralizó nuestras sociedades y puso al descubierto la fragilidad de nuestras economías, dejó tras de sí millones de víctimas, profundas heridas sociales y una incertidumbre que todavía no hemos conseguido superar. Pensábamos que, después de semejante desastre humanitario, la humanidad habría aprendido la importancia de la cooperación, la solidaridad y la defensa de la paz. Sin embargo, la realidad ha seguido un camino bien distinto.
A la pandemia le siguió la invasión rusa de Ucrania, una agresión contraria al derecho internacional que ha puesto de manifiesto las ambiciones imperialistas de Vladímir Putin. Europa volvió a enfrentarse al fantasma de la guerra, mientras las sanciones, el encarecimiento de la energía y la inestabilidad de los mercados agravaban las dificultades económicas de millones de personas. La guerra dejó de ser una realidad lejana para convertirse en una amenaza que afecta a nuestra seguridad, a nuestro bienestar y a nuestro futuro.
Cuando todavía no habíamos asimilado las consecuencias de aquella invasión, los ataques de Hamás contra Israel, el 7 de octubre de 2023, desencadenaron una nueva espiral de violencia. La respuesta militar del Gobierno de Benjamín Netanyahu devastó Gaza, provocando una catástrofe humanitaria de dimensiones estremecedoras, con miles de víctimas civiles, destrucción de viviendas e infraestructuras y millones de personas sometidas al desplazamiento, el hambre y la desesperación. Una vez más, la población civil se convirtió en la principal víctima de decisiones políticas y militares que parecen ignorar el valor de la vida humana.
Y, lejos de detenerse, la escalada de violencia se extendió a Irán. Los ataques contra territorio iraní y las operaciones militares dirigidas contra sus dirigentes, incluido el asesinato del ayatolá Alí Jamenei, agravaron la inestabilidad regional. A ello se sumaron los ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes, bajo la presidencia republicano (de derechas) de Donald Trump, y la creciente amenaza sobre el estrecho de Ormuz, una vía estratégica para el transporte mundial de petróleo y gas. La posibilidad de que esta ruta quede bloqueada o seriamente interrumpida demuestra hasta qué punto un conflicto regional puede desencadenar consecuencias económicas de alcance planetario.
Porque las guerras nunca terminan en el campo de batalla. Sus efectos se extienden mucho más allá de las fronteras de los países enfrentados. Cuando se interrumpe el suministro energético, aumenta el precio de los combustibles; cuando se encarece la energía, suben los costes del transporte, de la producción industrial y de la agricultura; y cuando producir y distribuir alimentos resulta más caro, las consecuencias terminan repercutiendo en el precio de la cesta de la compra.
Lo que se llama el efecto mariposa.
Así, una guerra que se libra a miles de kilómetros puede acabar afectando directamente a una familia que intenta llenar la nevera, a un trabajador que necesita el automóvil para desplazarse, a un pequeño empresario que no consigue afrontar sus facturas o a un jubilado que comprueba cómo su pensión pierde poder adquisitivo. La geopolítica, que a menudo parece reservada a los grandes dirigentes y a los expertos, termina entrando en nuestras casas a través de la factura de la luz, el precio de la gasolina y el coste de los alimentos. Lo que se llama el efecto mariposa.
Mientras tanto, las tensiones sociales se multiplican. Las protestas, los disturbios y el descontento que periódicamente sacuden ciudades europeas, incluida París, responden a realidades diversas y no pueden explicarse únicamente por el encarecimiento de la vida. Pero la precariedad, la desigualdad, la pérdida de poder adquisitivo y la desconfianza hacia las instituciones alimentan una sensación generalizada de frustración. Cuando las personas sienten que trabajan cada vez más para vivir cada vez peor, que sus expectativas se desvanecen y que nadie parece capaz de ofrecer soluciones, la cohesión social comienza a resquebrajarse.
Y aquí estamos nosotros, con el agua al cuello.
