(En Podemos estamos de acuerdo con el PSOE, pase lo que pase)
¿Y la dignidad de los diputados de izquierda da vergüenzas?
El debate sobre la dignidad parlamentaria en la España actual ha dejado de ser una discusión puramente ética para convertirse en el epicentro de la estrategia política. La sucesión de escándalos que salpican al entorno directo del Gobierno —desde las investigaciones judiciales a Begoña Gómez hasta las ramificaciones del caso Koldo y José Luis Ábalos, pasando por la imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en el caso de la aerolínea Plus Ultra— ha colocado a los diputados de la mayoría gubernamental en una posición sumamente delicada (Se ha demostrado en Andalucía). Para la oposición y una parte importante de la ciudadanía, sostener a un Ejecutivo cercado por la sospecha de corrupción supone una renuncia explícita a la dignidad y a la responsabilidad constitucional. Se argumenta que el blindaje sistemático en el Congreso a estas figuras erosiona la credibilidad de las instituciones y antepone la supervivencia del bloque de poder al control democrático.
Ante este panorama de asfixia institucional, surge con fuerza la propuesta de que el Partido Popular presente una moción de censura. Es una realidad matemática que, a día de hoy, los números no dan: la aritmética parlamentaria sigue atando el destino de los socios de investidura al del propio Gobierno. Sin embargo, quienes defienden la necesidad de registrarla sostienen que su valor no reside en el resultado final, sino en el proceso. El propósito fundamental de esta iniciativa sería estrictamente político y pedagógico: obligar a que se celebre un debate parlamentario de máxima intensidad donde se expongan minuciosamente todas las tramas y, por encima de todo, forzar una votación pública. Al pulsar el botón del "no" a la censura, cada diputado de la mayoría Frankenstein quedaría retratado ante la opinión pública, asumiendo de manera explícita y personal el coste político de avalar la gestión actual.
No obstante, esta estrategia encierra un dilema táctico de primer orden para el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo. El sistema español contempla la moción de censura como un mecanismo constructivo, diseñado para sustituir a un presidente por otro, no para desgastar la imagen del Ejecutivo. Acudir al Congreso sabiendo de antemano que la moción va a ser derrotada conlleva el riesgo evidente de regalarle una victoria parlamentaria al Gobierno. En la narrativa oficial de Moncloa, el rechazo a la moción se traduciría de inmediato como un "respaldo mayoritario de la cámara" y un fracaso de la oposición. Así, la herramienta que pretendía visibilizar la debilidad del presidente podría terminar cohesionando a sus socios frente a la "amenaza de la derecha", permitiendo al Gobierno salir del trance temporalmente aliviado y con el relato de que mantiene la estabilidad de la legislatura.
Ramón Palmeral, exiliado en vómito
