("Amo las bombas". Donald Trump a elegio a la guerra y los aranceles: IA)
¡¡¡¡NO A LA GUERRA!!!!!!
Donald Trump se ha convertido en el presidente más impopular de Estados Unidos. Se acabó el auge de la ultradercha en Europa y ya no son amigos del trumpista. España dice: "No a la guerra". Pareciera como sin Trump hubiera llegado del infierno de Dante.
En el plano doméstico, la comparación con Lyndon B. Johnson no es casual. Johnson vio cómo su popularidad se erosionaba rápidamente a medida que la guerra de Vietnam se prolongaba sin resultados claros, generando división social y desconfianza hacia el gobierno. En este paralelismo, Trump se enfrentaría a un desgaste similar: un liderazgo percibido como agresivo en política exterior puede reforzar su imagen de firmeza ante ciertos sectores, pero también alimentar el rechazo entre quienes temen una escalada militar sin salida clara. La impopularidad, en este contexto, no solo deriva de decisiones concretas, sino de una sensación general de incertidumbre y riesgo.
En el ámbito internacional, la retórica de Trump hacia Irán refleja una táctica de “máxima presión” que combina amenazas explícitas con una aparente disposición a negociar. Mentiras, Irán nada tiene que negociar. Trump es variable como una veleta, no es fiable y miente más que habla. Ya dije en un artículo mio anterior que "votar a Trump" era un error. La advertencia de “obliterar completamente” infraestructuras clave no es solo una declaración militar, sino un mensaje político dirigido tanto a Teherán como a aliados y rivales. Sin embargo, esta dureza contrasta con la falta de claridad diplomática. Mientras el presidente endurece el discurso, figuras como Marco Rubio adoptan un tono más difuso, sugiriendo divisiones internas en Irán sin identificar interlocutores concretos. Esta ambigüedad puede ser estratégica —buscar fisuras en el poder iraní—, pero también revela la fragilidad de un proceso negociador sin canales definidos.
Por su parte, Irán, representado por voces como Esmaeil Baghaei, rechaza frontalmente las condiciones estadounidenses, calificándolas de irreales. Esto refuerza la idea de que no existe una negociación sólida, sino más bien un intercambio de posiciones públicas en el que cada parte intenta imponer su narrativa. La “zona gris” diplomática que mencionas es, en realidad, un espacio de incertidumbre donde la comunicación es indirecta y los avances, si existen, son opacos.
Mientras tanto, la dimensión militar sigue evolucionando y amplificando el conflicto. Los enfrentamientos ya no se limitan a un único escenario, sino que se extienden por múltiples frentes —Irán, Líbano, Israel— configurando una red de tensiones interconectadas. Esta “constelación de choques” aumenta el riesgo de errores de cálculo: un incidente localizado puede desencadenar una reacción en cadena difícil de contener. Además, la implicación de actores como Israel y fuerzas internacionales añade capas de complejidad que dificultan cualquier intento de desescalada.
En conjunto, la situación refleja una paradoja: cuanto más agresivo es el discurso, más necesario se vuelve el diálogo, pero al mismo tiempo más difícil resulta establecerlo. Trump parece moverse entre estos dos polos, utilizando la amenaza como herramienta de negociación. Sin embargo, la historia —como en el caso de Johnson— sugiere que este equilibrio es extremadamente inestable. Cuando la presión militar supera a la diplomacia, el margen para soluciones políticas tiende a reducirse, y el coste, tanto interno como internacional, aumenta considerablemente.
Ramón Palmeral
