(2026. No son fuegos artificiales son bombas)
La imagen de Donald Trump proclamándose, de facto, “emperador del mundo” recuerda inevitablemente a Carlos V, aquel monarca nieto de los Reyes Católicos, que gobernaba territorios donde “no se ponía el sol”. No porque Trump posea formalmente un imperio, sino porque el poder contemporáneo ya no necesita coronas ni mapas pintados de un solo color. Hoy el imperio se ejerce a través de la economía, la tecnología, las alianzas militares y, sobre todo, la capacidad de imponer una narrativa. En ese sentido, el poder no se legitima por el consenso moral, sino por la fuerza acumulada y la ausencia de límites efectivos.
La idea de que “puede hacer lo que le dé la real gana” apunta a una crisis profunda de los contrapesos. Las instituciones internacionales, creadas tras la Segunda Guerra Mundial para evitar el desastre, parecen cada vez más débiles frente a líderes que entienden la política como un pulso de voluntades. En este escenario, solo otro poder equivalente puede contradecir a un “emperador”. De ahí la figura de Putin como antagonista: no por valores opuestos, sino por la posesión del mismo atributo decisivo, el arsenal nuclear. No es el diálogo lo que equilibra el sistema, sino el miedo mutuo a la destrucción total.
El balance de 2025 como “un desastre para la humanidad” no se limita a guerras concretas. Es también un fracaso ético y moral. Conflictos prolongados, millones de muertos, heridos y desplazados, el agotamiento del lenguaje diplomático y una normalización de la violencia que ya no escandaliza. La guerra vuelve a ser percibida como una herramienta legítima, casi rutinaria, de la política internacional. Se habla de ella con frialdad estadística, como si no implicara cuerpos, ciudades y memorias destruidas.
Que 2026 se presente “tan estúpido como el 25” expresa un pesimismo radical: la sensación de que no hay aprendizaje histórico. Y aquí la comparación con los griegos y persas, o con las guerras del Peloponeso, es especialmente pertinente. Tucídides ya describía cómo el miedo, el interés y el honor empujaban a los pueblos a guerras interminables, aun sabiendo que todos perderían algo esencial. Dos milenios después, los motivos no han cambiado demasiado; solo las armas son más sofisticadas y la capacidad de destrucción, infinitamente mayor.
La afirmación de que “la paz no es posible” no debe leerse solo como una profecía, sino como una advertencia. La paz no fracasa porque sea ingenua, sino porque exige virtudes que rara vez dominan la política: contención, empatía, visión a largo plazo y reconocimiento de la propia fragilidad. Los humanos, como bien señalas, padecemos muchas debilidades: la soberbia del poder, la facilidad para deshumanizar al otro, la tendencia a repetir errores aun con la historia delante de los ojos.
En el fondo, el problema no es Trump, Putin o cualquier otro líder concreto. Ellos son síntomas de algo más profundo: una humanidad que avanza tecnológicamente, pero no éticamente al mismo ritmo. Mientras el poder siga sin límites reales y la fuerza se imponga sobre la razón, seguiremos atrapados en un ciclo que ya conocían griegos y persas. La tragedia no es que la guerra continúe, sino que, sabiendo todo esto, parezca que seguimos eligiéndola.
