Europa ha aprendido que no puede confiar plenamente en Donald Trump. Hoy puede pedir ayuda a Europa para escoltar barcos en el estrecho de Ormuz y, mañana, cambiar de postura, abandonar la zona o incluso involucrar a sus aliados en un conflicto mayor sin garantías claras. Esta forma de actuar genera incertidumbre y pone en riesgo la seguridad de sus socios. Meses atrás quería invadir Groenlandia. El Golfo Pérsico no es territorio de la OTAN. Pienso que son los países árabes del golfo los que debe proteger la salida de su petróleo.
Para Trump, lo primero es América, y eso significa que las decisiones de Estados Unidos responden principalmente a sus propios intereses. Si no se hubiera implicado en conflictos considerados por muchos como ilegales o innecesarios, las consecuencias podrían haber sido más previsibles. Sin embargo, la realidad es que estas intervenciones pueden tener efectos imprevisibles y desestabilizadores.
Europa ya ha aprendido lecciones importantes con la guerra en Ucrania, donde la dependencia en materia de defensa y seguridad ha quedado en evidencia. La situación ha demostrado que el continente no puede depender exclusivamente de Estados Unidos para garantizar su estabilidad.
Por ello, Europa debería avanzar hacia una mayor autonomía estratégica, reduciendo su dependencia de EE. UU. y fortaleciendo sus propias capacidades militares. La creación de un ejército europeo permitiría una respuesta más coherente y rápida ante amenazas externas.
En este contexto, figuras como Vladimir Putin son percibidas como un riesgo para la seguridad europea, especialmente tras las tensiones y conflictos recientes. Por ello, reforzar la defensa común no solo sería una cuestión de independencia política, sino también de protección frente a posibles agresiones.
En definitiva, Europa se enfrenta al reto de asumir un papel más activo en su propia defensa, aprendiendo de los errores del pasado y preparándose para un futuro en el que la seguridad no puede depender únicamente de decisiones externas.
