ARTICULOS DE OPINION


Revista digital de arte, cultura y opinión en Alicante. Enlace con POESIA PALMERIANA. En estas páginas no podemos estar ajenos a lo que pasa en España ni en el mundo. Dirigida por el escritor, poeta y pintor Ramón PALMERAL. Los lectores deciden si este blog es bueno, malo, o merece la pena leerlo.

martes, 26 de septiembre de 2017

Desde los Apalaches. Afredo Pastor, Economista. La Vanguardia.


Desde los Apalaches






¿"Qué va a votar usted?”, preguntaba un agente electoral a una anciana de los Montes Apalaches. “No he votado en mi vida”, contestó ella. “Votar no hace más que darles ánimos”. Poco imaginaba la anciana que sus palabras iban a ser de exacta aplicación en la lejana Catalunya un siglo más tarde: porque a uno que no es partidario de la independencia –aunque la aceptaría si esa fuera la voluntad de una amplia mayoría– el evento del 1-O le pone en un brete: ¿votar o no votar?
A uno le gusta votar, como a todo el mundo. Votar es bueno, y aunque algunos suizos se confiesan en privado cansados de tanta consulta, lo cierto es que no renuncian a ellas: en esto debe de ser preferible pasarse que quedarse corto. Pero para ser útil una consulta, y más aún un referéndum, debe cumplir por lo menos dos condiciones: el votante debe tener unas mínimas garantías respecto a las consecuencias que acarrea cada una de las alternativas que se le proponen, y ha de existir una expectativa razonable de una clara mayoría, en un sentido u otro, para no dar como resultado la consolidación de divisiones que hasta entonces hubieran estado soterradas. Admitamos, pues, que el referéndum previsto para el 1-O está en las antípodas de una consulta bien concebida.
En primer lugar, en lo que respecta a la información del votante. Es cierto que es muy difícil describir siquiera las consecuencias probables de una eventual independencia de Catalunya, más aún asignarles un grado de certidumbre. Sin embargo, los defensores de la independencia han dado por seguras las circunstancias favorables y por imposibles las negativas. Así, mientras todas las voces autorizadas repiten que una Catalunya independiente debería solicitar su ingreso en la Unión Europea, las tesis independentistas van desde negar esa afirmación hasta argüir que no hay precedente para el caso catalán. Ese es el ejemplo más flagrante del procedimiento, pero no el único. Cuando se habla del reparto de la carga de la deuda entre Catalunya y el resto de España se dan por seguras unas cifras que sólo si el Estado, hoy un opresor inmisericorde, se convirtiera durante la negociación en un fraternal aliado se harían realidad.


¿Y si Catalunya quedara dentro de la Unión? La recién llegada representaría algo menos del uno y medio por ciento del PIB europeo, y en la Unión el tamaño y la antigüedad pesan mucho. Los representantes catalanes en los consejos de ministros tendrían, sí, una silla en todas las mesas, pero podría ocurrir que cuando hicieran uso de la palabra sus colegas aprovecharan la ocasión para salir a llamar por teléfono. Dudo que nuestros votantes estén al corriente de estos detalles.
Por lo que se refiere al resultado probable, nada permite suponer que el referéndum, caso de celebrarse bajo el amparo de la ley, fuera a arrojar una mayoría clara. No serviría para unir, ni permitiría go- bernar a cualquiera de los dos proclamados ganadores. Quedaría así confirmada la ruptura vaticinada por Aznar, y tendríamos una Catalunya aún menos gobernable de lo que ha sido últimamente. De todo ello cabe concluir que en el mejor de los casos el referéndum será inútil.
Afortunadamente, un referéndum no es indispensable. Uno puede pensar que las aspiraciones de gran parte del catalanismo quedarían colmadas con una negociación con el Gobierno del Estado cuyos resultados fueran sometidos a consulta. Los puntos esenciales de esa negociación son de sobra conocidos y han sido expuestos infinidad de veces: competencias exclusivas, trato fiscal y agencia tributaria compartida son quizá los más recurrentes. Casi todos ellos caben en la Constitución actual, otros pueden requerir una reforma limitada.
Puede, y es deseable, que en torno al 1-O se plantee una negociación de ese tipo. Por suerte, a medida que aumenta la tensión, de todas partes de España van surgiendo muestras de buena voluntad, llamadas a la concordia; el entendimiento sólo será posible si ambas partes empiezan por reconocer sus errores, algo que no les parece urgente, como si no supieran que Catalunya y España entera son políticamente frágiles. Pero la negociación terminará por producirse.
Los ciudadanos que mal que bien vamos desbrozando unas terceras vías que las zarzas han hecho casi impracticables tenemos dos tareas, que llevarán mucho tiempo y esfuerzo, pero que son la única garantía de una buena convivencia: la primera, colaborar con las demás autonomías en un mejor reparto de poder entre el centro y la periferia; la segunda, tratar de despojar el catalanismo de su vaina nacionalista, que termina en el separatismo. Sólo así podrá ser admirada Catalunya y queridos sus habitantes en el resto de España, como lo han sido muchas veces, y podrá seguir respetando el catalanismo uno que no es catalán, y que el 1-O hará como la anciana de los Apalaches, y por la misma razón: no quiere darles ánimos.