( Imagen creada por IA)
La estrategia del “poli bueno y el poli malo” parece haberse convertido en uno de los recursos políticos más visibles del actual Gobierno. En este reparto de papeles, Pedro Sánchez asumiría el rol del dirigente moderado, que en sus intervenciones públicas evita los excesos verbales y proyecta una imagen institucional y conciliadora. Mientras tanto, Óscar Puente desempeñaría la función opuesta: la del portavoz combativo, encargado de elevar el tono, confrontar con la oposición y lanzar los ataques más duros contra jueces, medios de comunicación o adversarios políticos.
Esta dinámica cobra especial relevancia en un contexto marcado por las controversias en torno a la tesis doctoral del presidente. En numerosos países europeos, las acusaciones de plagio académico han tenido consecuencias políticas de gran alcance. A lo largo de las últimas décadas, más de una decena de dirigentes y altos cargos se han visto obligados a dimitir tras demostrarse irregularidades en sus trabajos universitarios. Desde esta perspectiva, algunos críticos sostienen que un episodio similar habría desencadenado una crisis política de primer orden en cualquier democracia de nuestro entorno.
Sin embargo, quienes cuestionan la actuación del Ejecutivo consideran que la respuesta no ha consistido en ofrecer explicaciones exhaustivas o asumir responsabilidades políticas, sino en desplazar el foco del debate hacia otros actores institucionales. Según esta interpretación, la estrategia diseñada por Sánchez pasa por presentar a jueces y fuerzas policiales como parte de una supuesta operación política destinada a desgastar al Gobierno.
Para liderar esa ofensiva discursiva, el presidente habría encontrado en Óscar Puente al colaborador ideal. Sus detractores lo describen como el exponente más evidente de una política basada en la confrontación permanente, las descalificaciones y la polarización del debate público. A su juicio, el ministro encarna el deterioro del nivel político e institucional que, según denuncian, caracteriza a la actual etapa gubernamental.
De este modo, mientras Sánchez preserva una imagen de moderación y distancia respecto a los enfrentamientos más ásperos, Puente asume el papel de ariete político. Una división de funciones que permite al presidente mantener una posición aparentemente institucional, al tiempo que el desgaste de la confrontación recae sobre uno de sus ministros más combativos.
Ramón Palmeral
