Es fascinante la capacidad de la administración española para producir fenómenos paranormales. Uno pensaría que si una aerolínea semidesconocida recibe un rescate millonario del Estado de 53 millones de la (SEPI) y en la operación participan cinco ministerios, alguien en la cúspide del Gobierno habría oído, aunque fuera de pasada, el nombre de la empresa. Pero no. Según la versión oficial, aquello ocurrió como la lluvia en primavera: espontáneamente, sin intervención humana y, desde luego, sin molestar al presidente.
El caso de Plus Ultra Líneas Aéreas tiene algo de milagro administrativo. Para conceder ayudas públicas de gran tamaño normalmente hacen falta informes, reuniones, firmas, evaluaciones, técnicos, subsecretarios, abogados del Estado, altos cargos y probablemente una persona encargada de cambiar el tóner de la impresora en el momento decisivo. Pero, aun así, el presidente del Gobierno habría permanecido en una especie de cápsula de aislamiento político, completamente ajeno a lo que sucedía a pocos metros de su despacho.
La escena imaginaria es extraordinaria:
—“Presidente, estamos movilizando recursos públicos para rescatar una aerolínea.”
—“Perfecto. ¿Qué aerolínea?”
—“No queremos cargarle con detalles.”
Y así, ministerio tras ministerio, el asunto habría ido avanzando como una excursión escolar sin profesor: Ministerio de Hacienda por un lado, Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible por otro, Seguridad Social, técnicos financieros, la SEPI, informes jurídicos, reuniones internas… Todo el aparato estatal funcionando coordinadamente para que precisamente la única persona que no se enterara fuera quien preside el Gobierno.
Es una concepción muy avanzada de la descentralización: los ministerios ya no solo gestionan competencias propias; ahora también gestionan el desconocimiento presidencial.
Lo verdaderamente admirable es el nivel de precisión política. Porque en cualquier gobierno normal, si cinco ministerios participan en una operación sensible, el presidente acaba informado aunque solo sea por supervivencia burocrática. En cambio aquí se plantea una teoría mucho más sofisticada: cuanto más grande es el asunto, menos probable es que llegue arriba. Una especie de agujero negro institucional donde la responsabilidad desaparece al acercarse al Consejo de Ministros.
También tiene mérito estadístico. En España es prácticamente imposible hacer una obra en un portal sin que se entere medio barrio y dos administraciones públicas. Pero movilizar decenas de millones con varios ministerios implicados y mantener al presidente en absoluta ignorancia… eso requiere una coordinación exquisita. Casi más difícil que gestionar correctamente el rescate.
Y quizá ahí esté la verdadera innovación política del siglo XXI: el Gobierno colegiado cuántico. Las decisiones existen y no existen al mismo tiempo. Los ministerios participan, pero nadie decide. Los expedientes avanzan, pero nadie los impulsa. Y el presidente gobierna un país donde las cosas importantes suceden autónomamente, como si la Administración hubiera alcanzado conciencia propia.
Se celebró el rescate con ostras y champan.
