ARTICULOS DE OPINION


Revista digital de arte, cultura y opinión en Alicante. Enlace con POESIA PALMERIANA. En estas páginas no podemos estar ajenos a lo que pasa en España ni en el mundo. Dirigida por el escritor, poeta y pintor Ramón PALMERAL. Los lectores deciden si este blog es bueno, malo, o merece la pena leerlo.

lunes, 5 de agosto de 2019

El caso del periodista José Ignacio Torreblanca. Asignatura obligada en periodismo.


EL PAÍS cesó a José Ignacio Torreblanca (son cinco directivos por cambio de ideologías) como responsable de Opinión del diario el 30 de junio de este año 2018 [por que este periódico cambio de dirección, de patrocinadores y de estrategias en dejar de atarcar a Pedro Sánches, era Torreblanca muy de derechas].
Paralelamente, se le realizaron varias ofertas para que siguiera en el Grupo PRISA, que el interesado rechazó. El pasado 10 de septiembre, en un desayuno del Foro de Comunicación, la directora del diario, Soledad Gallego-Díaz, [en sutitución de Antonio Caño], fue preguntada por la situación del señor Torreblanca y eludió a esa propuesta de colaboración. La intervención de la directora fue recogida en una información de EL PAÍS del día siguiente, en la que se mencionaba la respuesta a esa pregunta. Por cambio de ideologás
El señor Torreblanca recurrió a los tribunales para ejercer el derecho de rectificación y que se dijera que la extinción del contrato como responsable de Opinión no respondió a su voluntad ni al hecho de que no continuara colaborando en el diario.
 El Juzgado de Primera Instancia número 37 de Madrid sentenció este miércoles a favor del señor Torreblanca. El PAÍS ha decidido recurrir la sentencia.

[Desde que el Grupo Prisa decidió apoya incondicionalmente al Pedro Sánchez, yo dejé de comprarlo y de leerlo digitalmente.] Tal y como se contó en estas páginas, la decisión del Grupo Prisa de colocar a Soledad Gallego-Díaz al frente del diario eEl País -justo coincidiendo con la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno de España- obedecía a una estrategia de la nueva dirección de Prisa de Manuel Mirat para tratar de recuperar lectores con una línea ideológica más claramente de centro izquierda frente al “centrismo” de Antonio Caño.

 Breve Biografía
José Ignacio Torreblanca, (Madrid, 1968), Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y Profesor Titular de Ciencia Política en la UNED, es jefe de Opinión en ELPAIS desde junio de 2016, diario con el que comenzó a colaborar en 2008 como columnista semanal en la sección de Internacional y, posteriormente, como autor del blog “Café Steiner”. En 2015 fue galardonado con el Premio Salvador de Madariaga de periodismo. Ha publicado “Asaltar los cielos: Podemos o la política después de la crisis” (Debate, 2015), "¿Quién Gobierna en Europa?" (Catarata, 2014) y "La fragmentación del poder europeo" (Icaria 2011). Ha sido director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations (ECFR), Investigador en el Real Instituto Elcano, en el Instituto Universitario Europeo de Florencia y Becario Fulbright y Profesor en la Elliot School of International Affairs en la George Washington University en Washington D.C.
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Artículo de Torreblanca en "Tribuna" que es una obra maestra del periodismo:

"La irresponsabilidad política"

Obrar de acuerdo con nuestras convicciones sin preocuparnos de las consecuencias de nuestras acciones es propio de una lógica religiosa, no política. El principal efecto es que los actores se exoneran a sí mismos de lo que sus decisiones deparen

























La irresponsabilidad política
"Obra bien y deja el resultado en manos de Dios”. Esa es la lógica que se ha impuesto en la política española, una lógica religiosa, ejemplo paradigmático de lo que Max Weber [padre de la sociologia] describiera como “ética de las convicciones”. El efecto principal de actuar exclusivamente en función de las convicciones, como señalara el sociólogo alemán, es que los actores se exoneran a sí mismos de las consecuencias de sus acciones, es decir, se convierten en irresponsables. A dónde o a quién se traslade la responsabilidad no es importante: las consecuencias se atribuirán a circunstancias más allá del control de uno, a la mala fortuna o a la perversidad de los demás. Al contrario que la ética de las responsabilidades, que examina críticamente una y otra vez las relaciones entre medios y fines, la ética de las convicciones solo viaja río abajo hasta desembocar en el océano, no permitiendo nunca remontar el curso del río para, a la luz de las consecuencias de las acciones propias, corregir las decisiones tomadas.


Esa lógica pseudoreligiosa actúa como un inhibidor que impide tanto aprender del pasado como anticipar el futuro. Que la legislatura pasada desembocara en una repetición de las elecciones cuyo resultado no solo mantuvo al Partido Popular en el poder sino que reforzó a Mariano Rajoy a costa de los demás líderes y partidos, no hace mella alguna. Rotos los eslabones del razonamiento causal y sustituidos por un pensamiento doctrinal o ideológico, no hay posibilidad de reconstruir una cadena de actuaciones donde causas y consecuencias estén atadas unas a otras. ¿Que hay unas terceras elecciones? ¿Y a mí qué? ¿Cómo va a ser responsabilidad mía si yo en todo momento he obrado correctamente de acuerdo con mis convicciones más profundas y auténticas? ¿Cómo puede estar mal ser coherente?, se pregunta perplejo aquel que es cuestionado por su proceder.
Lamentarse sobre la irresponsabilidad política tiene un fin: reivindicar una política basada en razones pragmáticas, en cálculos y beneficios, costes y oportunidades, una política, esta vez sí, pensando en la gente, pero no en la gente en abstracto, sino como individuos cuyas vidas pueden ser mejoradas marginalmente gracias a esa cosa tan detestada llamada política. Que se sepa, la política (democrática) sirve para cambiar la vida de la gente a mejor. El político ansía el poder porque es un medio de lograr esos fines. Si tiene mucho poder puede cambiar muchas cosas, si tiene poco puede cambiar menos. Es solo una cuestión de grado. Y los partidos son instrumentos para lograr esos fines, no fines en sí mismos.




El suicidio de un partido o un líder es renunciar a mejorar las vidas de sus votantes
El suicidio de un político o de un partido político no es, como se dice estos días, votar a éste, abstenerse para que gobierne el otro o formar coalición con el de más allá, sino ser incapaz, por supuesta coherencia con unas convicciones inamovibles, de transformar las vidas de la gente, ser irrelevante para aquellos que te eligieron, no devolverles nada a cambio de sus votos. El suicidio del PSOE, como el de Podemos, no está tanto en su incapacidad de gobernar juntos o separados sino en la incapacidad de elegir entre alternativas, de asumir costes, de ordenar las preferencias de forma transitiva, ser coherente con ellas y explicarle a sus votantes cómo y por qué han tomado esas decisiones. Y el suicidio del PP es ser incapaz de entender que sin Mariano Rajoy todo es posible, incluso una gran coalición, pero que con él no se puede hacer nada de lo que requiere el país.
La consecuencia de esta suma de irresponsabilidades es el deterioro del sistema político, incluso su deslegi-timación. La cerrazón del PSOE apuntala a Mariano Rajoy, porque priva al PP de incentivos para cambiar de líder. Mientras, la ausencia de crítica dentro del PP convierte al partido ganador de las elecciones en aquel contra el que todos los demás están dispuestos a votar. El PSOE estará satisfecho por haber quedado inmaculado. Lo mismo Podemos: su coherencia brillará en la nada para que todo el mundo la pueda admirar. Gobernará la derecha, sí, pero seguiremos siendo de izquierdas. ¿Qué más se puede pedir? Y mientras, el PP seguirá prefiriendo un líder tóxico a un acuerdo político razonable e incluyente. Anteponer un líder a las políticas que se quieren llevar a cabo es una mala idea cuando no se tiene mayoría absoluta.
Pero hay otra política posible, una que reconozca que en una sociedad democrática todas las opciones que estén dentro del marco de derechos y libertades compartidos son igualmente legítimas. En Alemania gobiernan los conservadores y los socialistas en coalición. ¿Cómo lo hicieron? Con un método tan sencillo como el de repartirse las diferencias: Merkel intercambió, entre otras cosas, la austeridad presupuestaria por la elevación del salario mínimo. Aquí PP y PSOE podrían hacerlo igual: no hay entre ellos diferencias que no puedan ser graduadas y repartidas, aunque se parta de cero. El PSOE podría lograr la derogación de la LOMCE, subir el salario mínimo, invertir en políticas activas de empleo, etcétera. Y si Rajoy es un problema moral, pues que ponga el problema encima de la mesa y pacte un candidato alternativo. ¿O es que alguien piensa que si Rajoy fuera el único problema del PSOE estaríamos donde estamos?





Gobernará la derecha, pero habremos sido coherentes, sostiene orgullosa la izquierda
El mismo razonamiento sobre el reparto de diferencias serviría para un Gobierno de izquierdas, a la portuguesa (si los números dieran, cosa que no hacen por más que se pretenda). Pero eso requeriría un Podemos que entendiera la diferencia entre llegar al poder para mejorar las cosas (cambiar el sistema) y llegar al poder para cambiar de sistema y sustituirlo por otro o peor, fragmentarlo con una cadena de absurdos referendos de autodeterminación que obligarían a todos los españoles a votar desastrosamente en torno a líneas étnico-identitarias en lugar de cívico-políticas.
Podemos tendría que dejarse de fábulas y sentarse a pensar qué es lo que puede ofrecer a sus votantes, hoy, aquí y ahora, a cambio de su votos, porque cada minuto cuenta a la hora de devolver a sus votantes las políticas de igualdad y justicia social que les prometieron. ¿Pero eso es lo que quiere Podemos? ¿Seguiría siendo Podemos después de aceptar el juego pragmático de la política democrática, que siempre es incremental?
Es posible otra política. Pero en lugar de asumir responsabilidades, muchos prefieren huir de ellas. En el fondo, Rajoy no es el problema, es la excusa perfecta para que nadie, a izquierda y derecha, tenga que asumir responsabilidades. Y mientras, los votantes siguen huérfanos de políticas que mejoren sus vidas. La política en España se ha convertido en una inmensa huida adelante para evitar asumir responsabilidades.

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Torreblanca ficha por El Mundo

Confidencial Digital ha podido confirmar que José Ignacio Torreblanca se incorporará a El Mundo que dirige Jorge Bustos a primeros de septiembre de 2018 (índice de artículos). El politólogo contará con una columna semanal en el diario de Unidad Editorial.
Las fuentes consultadas por este confidencial explican que en El Mundo, Torreblanca, “podrá seguir expresando sus ideas, en ocasiones críticas con la deriva del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con total libertad”. Confiesan que esta es una de las razones por las que Soledad Gallego-Díaz decidió apartarle de la dirección de Opinión del rotativo.

Torreblanca es profesor en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). En junio de 2008 comenzó a escribir todos los viernes una columna sobre relaciones internacionales y política exterior en El País, hasta que en abril de 2016 fue nombrado jefe de la sección de Opinión en sustitución de José Manuel Calvo.
Además, es Premio Salvador de Madariaga de Periodismo Europeo y autor de varios libros y publicaciones acerca del proceso de toma de decisiones en la Unión Europea, la política de ampliaciones de la UE y la política europea en España.