¿Por qué muchas mujeres ya no quieren ser madres?
Sin madres la humanidad no tiene futuro. Si se acaban las madres, se acaba la vida humana sobre la tierra; es el fin (o ‘la fin’ que dicen algunos graciosillos) del mundo o del ‘mundo mundial’ del que hablan otros no menos graciosillos. Pero ‘la cosa’, la constatación de que muchísimas mujeres ya no quieren ser madres, no es una broma; es algo a tomarse en serio, muy en serio. ¿Qué hemos hecho mal, y lo seguimos haciendo, para que tantas mujeres no quieran tener hijos? ¿O sí que quieren y se ven ‘obligadas’ a no tenerlos?
Me viene a la memoria una breve historia de mujer famosa entre los años 1950 y 2000 y que murió sola en 2013 ya con 85 años, la actriz María Asquerino. Triunfó en numerosas películas y en los más importantes teatros de España, entre ellos el Principal de Alicante, a donde llegaba de la mano del director de la sublime sala, Luis de Castro, máximo responsable de la programación entre los años 1984 y 1989, una época inolvidable del gran centro cultural capitalino, que aún sigue siéndolo en nuestros días. Recuerdo que recordaba el recordado Luis de Castro, en un artículo publicado en Información, a la gran actriz y amiga y nos contaba un pequeño secreto. Ella le había confesado que, junto a una vida disfrutada con éxito profesional, había una laguna que ya nunca podría salvar al final de su carrera, el no haber tenido, al menos, una hija.
No pretendo hacer sentimentalismo barato de lo que realmente es una anécdota en la vida de una mujer que realmente (DNI) se llamaba (María Asquerino era su denominación artística) Dulce Nombre de María Urdiain Muro. Pero coincidirán conmigo en que, como ella, muchas de las mujeres que han decidido, o deciden, no tener hijos, lo hacen no porque no los deseen sino por otras razones; por una combinación de factores: económicos (precariedad en el empleo, imposibilidad de conciliación); sociales (presión patriarcal, roles de género desiguales e inestabilidad de pareja); personales (deseo de libertad y realización profesional o enfoque en otros proyectos de vida) y culturales incluso, casi siempre buscando libertad y autonomía que se les antojan incompatibles con la maternidad.
Creo yo que una de las razones más decisivas por las que la mujer no quiere tener hijos es la inestabilidad de la pareja, como consecuencia de que los emparejamientos, en los tiempos que corren, no se conciben, en general, como duraderos y menos ‘para toda la vida’, “hasta que la muerte nos separe”. En el matrimonio por la Iglesia, el que era tradicional hasta hace no muchos años en España, había (y hay) una promesa de fidelidad y compromiso incondicional para toda la vida, un juramento de permanecer unidos en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, es decir, en las buenas y en las malas, unión que sólo se rompe con la muerte.

¿Quiere esto decir que los matrimonios católicos no se rompen nunca y que los matrimonios civiles se rompen todos? Sería una necedad descomunal afirmar tamaño disparate. Cada uno se casa como quiere. Faltaría más. Yo me casé por la Iglesia y aconsejo esta unión, pero cada cual es muy libre (aprovecho para recordar mi canto permanente, hasta aburrir, a la libertad y por la libertad) en la forma de emparejarse. Eso sí, la ceremonia religiosa matrimonial es muy bonita. He asistido a dos por lo civil y me han decepcionado bastante. No me echen en cara que hago publicidad por lo religioso, pero es que, como los lectores saben, siempre me he proclamado católico como una manera de intentar ser profundamente humano y hermano. Hasta que la muerte me separe de ustedes. Esa promesa de eternidad, consustancial al matrimonio religioso, no significa que la unión y convivencia no pueda fallar. Lo que no cabe es el divorcio, pero sí la separación y la anulación. Si hay separación, los cónyuges no pueden volver a casarse por la Iglesia. Para casarse de nuevo tendría que producirse la anulación del matrimonio. Hay un tribunal eclesiástico en cada diócesis para tramitar la petición de nulidad.
La maternidad dentro del matrimonio es considerada por el cristianismo como un don sagrado y como una participación de la mujer y el hombre en la tarea divina de la creación. Mujer y hombre, cocreadores. Gran misión. Lástima que los gobiernos de casi todo el mundo, en lugar de ayudar a la mujer, con todos los medios, para ser madres felices dichosas de hijos felices, dilapiden el dinero de todos en abortos. ¡Miserables!